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Por Antonio Blanco Fernández

Era una despejada y fría noche de diciembre en que un grupo de alegres rapacines aguilanderos, regresábamos de La Gargantiella, cantando, carretera adelante, en dirección a la pintoresca aldea de Narciandi.

De entre el agreste ramaje que a trechos va bordeando la angulosa y amplia carretera de Covadonga, íbase deslizando cautelosamente un misterioso anciano que padecía la chifladura de llamarse El Conde de Següencu.

Paróse en seco, a mitad del camino; requirió la linterna que al parecer llevaba sujeta a la pretina del pantalón, y dándonos un belicoso ¿quién vive?, proyectó el espeso haz de luz, verdosa y macilenta, sobre aquel grupo juvenil que, absorto bajo la impresión del inesperado baño luminoso, y ante la gigantesca silueta del extraño aparecido, temblaba, y, en actitud dubitativa, no sabía si huir inmediatamente o atacar en firme, para salir pronto de aquella embarazosa situación…

–¿Qué buscan por aquí, estos menguados?, vociferó, con energía, el demente.

Hubo unos segundos de absoluto mutismo, al cabo de los cuales contestó, con ademán resuelto uno de los más decididos rapaces: –¡Nada!… Venimos de pedir el aguinaldo, pero no traemos ya más que las cachiporras, y al decir esto, esgrimía en alto el nudoso garrote. Mire usted, los zurrones vuelven como vinieron y las perrinas que nos han regalado, las gastamos en sidra y en castañes, ahí cerca, en la taberna de El Pintu…

Eduardo Cuesta –Eduardín– que fue quien se encaró con el Conde, supuso desde el primer instante que se trataba de algún salteador de caminos, y en tal creencia mentía y conservaba enhiesto –acción que hubimos de imitar los demás– su enorme palo de acebuche, hasta que el tochu, modernísimo Quijote, ocultó su linterna y, desembarazándose poco a poco de la gruesa bufanda, descubrió el embozo, que le llegaba hasta los ojos. Entonces metió su larga, aristocrática diestra, en el bolsillo del gabán, tintinearon algunas monedas con sones argentinos y estirando hacia Eduardín sus perláticos dedos, le entregó dos pesetas…

–¡Marchad con Dios!, prorrumpió el Conde, en tono evangélico y con solemne ademán…

–Marchad con Dios, no interrumpáis el cumplimiento de mi sagrada misión, que voy con San Pachu hacia Cangas de Onís, a pasar con él la Nochebuena en el Café de Labra…[i].

Y ciertamente, nuestro asombro fue inmenso al observar, a pocos pasos de distancia, que el tochu sacaba de entre las ramas del inmediato bosque un enorme y repleto costal en el que asomaba por la mal tapada boca, la humilde y venerable cabeza del santo fundador de la orden de franciscanos, milagroso patrón de la aldea de Següencu…

San Pachu - Següencu

San Pachu en su altar, en la capilla de Següencu.
Fotografía: Floristería Flor y Fauna (Cangas de Onís).

* * *

Antonio Blanco Fernández nació en Narciandi el 13 de agosto de 1877. Era sobrino de Manuel Fernández Juncos y en 1892 emigró a Puerto Rico donde se consagró al comercio y a las letras. Ejerció como periodista profesional y como colaborador en periódicos puertorriqueños como La Correspondencia de Puerto Rico El Imparcial, entre otros. Es autor de varios libros: Del Certamen (1908), en colaboración con el poeta Cristóbal Real; Memorias de un indiano (1922) y España y Puerto Rico : 18201930, publicado en este último año.

La exquisita sensibilidad y la galanura del lenguaje de Antonio Blanco Fernández, elogiadas por la prensa de Puerto Rico, merecen la recuperación de su obra en la tierra asturiana que le vio nacer. Más información en: Dos relatos de la emigración, y una reseña biográfica, de Antonio Blanco Fernández

Francisco José Pantín Fernández

Nota

[i] La visita de San Pachu al Café de Labra ha sido narrada al menos en otras dos ocasiones. Eduardo Martínez Hombre recogió en su edición de Notizias de un peregrino de Oviedo a Covadonga (1759) la singular anécdota que le aconteció a Ramón Labra Valle con uno de sus empleados, natural de Següencu. El mozo, poco acostumbrado al movimiento del establecimiento, añoraba la vida pastoril y recordaba con excesiva frecuencia a San Francisco, santo patrón de su pueblo, al que llaman San Pachu. Le animaba don Ramón y en una de sus conversaciones le preguntó por el santo, manifestándole su deseo de conocerlo. Una madrugada sintió fuertes golpes en la puerta de la casa; levantado, vio con asombro al mozo del café que traía a su espalda un saco, que abrió con inocente satisfacción y del que asomó la figura del santo al que había tomado de la capilla de su pueblo para que lo pudiera conocer su patrón. Se divulgó rápidamente la noticia por Cangas de Onís siendo muy numerosos y festivos los comentarios: uno que si el santo, desfallecido dentro del saco, había pedido un café; otro, que había pedido un trago caliente para mitigar el frío de la noche; uno más, que afirmaba que desde la visita del santo había mejorado la calidad del café de Ramón Labra que a partir de entonces se guardó bien de pedir noticias. Esta noticia fue relatada al autor por su amigo José Ramón Lueje. Vid.: Martínez Hombre, Eduardo, Notizias de un peregrino de Oviedo a Covadonga (1759), Madrid, 1966, p. 393, nota 103. En el año 1981, Higinio Cardín Sánchez publicó un artículo titulado Convidada a San Pachu en el que la figura del Conde de Següencu recupera el protagonismo. Sitúa la acción a finales del siglo XIX, en coincidencia con el relato de Antonio Blanco, y dice del pintoresco personaje, tocado de manías de grandeza, que repartía su tiempo entre su aldea natal, “a donde iba a visitar sus posesiones” y Cangas de Onís, “para despachar con sus administradores”. En esta villa, son años anteriores a 1907, “su dormitorio favorito y habitual era la caja de ánimas –el féretro para enterrar a los pobres de solemnidad– que se guardaba en una especie de cuarto situado debajo del tejado, junto a la torre, de la iglesia de Cangas de Arriba.” Dice Cardín que en cierta ocasión el Conde se acercó a la mesa donde el teniente de alcalde del concejo y primera autoridad del mismo por ausencia del alcalde, Celso Sánchez Collado, jugaba a las cartas con unos amigos “en espera de la consabida dádiva que habitualmente le era entregada sin que él la pidiese”. Pero fue el caso que el chungón de turno le dijo “que no se le daba nada si no traía a San Pachu a tomar café”. Y así quedó la cosa hasta que días después el Conde se acercó a la mesa donde jugaban el teniente de alcalde y sus amigos y le dijo a aquél: –Don Celso, ahí tengo a esi. –¿Quién es ese? inquirió muy extrañada la primera autoridad, que ya no se acordaba de lo sucedido. –¿Non se acuerden de que invitáronlu a tomar café? replicó el Conde, que había cumplido su parte y tenía a San Pachu metido en un saco, en el portal de entrada al establecimiento. Añade Cardín otras consideraciones sobre la rapidez y el sigilo que tuvieron los sorprendidos cangueses para su nocturna devolución al altar de su capilla y los alterados ánimos de los següenquinos al conocer la noticia y concluye afirmando que El Conde de Següencu tardó mucho tiempo en volver por sus feudos. Vid., Cardín Sánchez, Higinio, “Convidada a San Pachu“, en Boletín de fiestas del Fondón y Covadonga, Cangas de Onís, Comisión de Fiestas, 1981.