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Corao, 14 de junio de 1834 – 13 de enero de 1890. Fabricante de relojes. Caballero de la Real Orden de Carlos III[i].

Hijo de Miguel de Sobrecueva de la Bárcena e Ignacia Miyar y Con, nace en el seno de una familia de la pequeña hidalguía local, algunos de cuyos miembros habían ocupado cargos administrativos de cierta relevancia, como su padre, alcalde del concejo de Cangas de Onís en 1863[ii]. Asiste a la escuela de Corao Castiellu y como todo vástago de familia campesina, trabaja en las tareas del campo. Pronto se revela como un niño hábil. En los recuerdos familiares, se evoca su facilidad para reparar cualquier maquinaria y apero de labranza o la construcción de un molino en miniatura, que por supuesto molía, en una riega del prado de La Llavera, en Coraín, mientras “llindaba’l ganáu”.

Las habilidades del niño pronto fueron del dominio público y don Benito de Llanos Noriega lo manda llamar para que le eche un vistazo a un viejo reloj de madera que hacía años no funcionaba. Basilio, que nunca había visto uno, lo arregla. Maravillado, Llanos comenta a Miguel de Sobrecueva que era una pena no darle estudios a un hijo que demostraba tantas aptitudes. El padre, que sólo veía en su único hijo varón la continuidad del mayorazgo, dejó cincelada una respuesta para la memoria familiar: “que h.aga colleres”[iii], pero aquel día Basilio descubrió la vocación de su vida: la relojería. Con la ayuda de Benito de Llanos y de su tío Benito Miyar, tercero y último de los Miyar libreros en Madrid, logrará hacer realidad su sueño.

Benito Miyar repetirá con Basilio la misma acción de sus antecesores, Fernando y Antonio Miyar, al acoger en Madrid a su sobrino. Aunque esta vez la iniciativa no emana de la capital, sino desde Asturias donde se quiere abrir mundo a un niño que presagia un futuro esperanzador. Qué mejor que las palabras del propio Miyar a su tocayo Llanos para expresarlo. De regreso a Madrid, tras una estancia en Corao en el año 1850, le escribe:

[…] visité [en Oviedo] a su amigo el Sr. Valdés y quedé encantado de su carácter que es bellísimo, le enseñé la maquinilla de Basilio y le gusto tanto que hizo le acompañase a casa de los Acebales para que la biesen, los que apreciaron también en su justo valor este producto del natural ingenio de ese niño, digno de mejor suerte[iv].

Su empecinamiento en ser relojero y el firme apoyo de su madre, logran romper la resistencia del padre que al fin consiente y en 1847, a la edad de trece años, emprende viaje a Madrid, donde se le ofrecen oportunidades que Asturias no proporciona. Unido a alguna de las recuas de mulas que cubren el trayecto, viaja a pie. Descansando y reponiendo fuerzas en ventas y mesones, al cabo de quince días llega a Madrid. Agotados los escasos dineros que su padre le había dado, Basilio trabaja como aguador en las calles de la capital, pues no quiere presentarse en casa de su tío sin nada.

Enseguida comprobará Benito Miyar las buenas aptitudes de su sobrino y, cómodo con su labor en la librería, demorará las gestiones para colocarle con relojero que le enseñe el oficio. Basilio, decidido a alcanzar su propósito, “se lanza a las calles de Madrid”, según folletinesca expresión que ha quedado en la historia familiar, en busca de relojero con quien aprender y trabajar. La acción, que transparenta la decidida y fuerte personalidad del joven, trae como consecuencia su retorno a Corao. Su tío Benito, contrariado por el suceso, renuncia a ejercer su tutela en Madrid.

A principios del año 1848, Basilio está de regreso en Corao, pero no sin protectores. Por una carta del día 20 de febrero, sabemos que Benito de Llanos había insistido, a su tocayo y amigo, en el regreso del joven a Madrid, para que estudiase y fuese relojero. En su contestación, Benito Miyar dice:

Como no puedo negar nada estando en su mano poder acceder a lo que por V. sea pedido y apesar del poco afecto que por su proceder se a captado de nosotros mi sobrino, si fuere cierto que está arrepentido de lo echo y quiere sugetarse, no tengo inconveniente en que buelba si así es su deseo y V. se interesa en ello, pero no siendo posible en la actualidad tenerle en mi casa ni facilmente se halla colocación hoy día en esta, haga V. que continúe ahí hasta mi nuevo aviso.

Aunque la escapada callejera de Basilio causó a su tío trastornos y un gran disgusto, entre ambos existió un sincero afecto. Afirmado el principio de autoridad y aclarada la responsabilidad que Benito había adquirido con su hermana y cuñado, no hay más obstáculos para el regreso de Basilio a Madrid que las difíciles circunstancias económicas del momento. Quizá para solucionar alguna, Benito Miyar viajó a Asturias en 1850. Bien parece que en este viaje se gestó el retorno de Sobrecueva a Madrid, a casa de su tío que, como hemos visto, lo consideraba “digno de mejor suerte”. Sabemos que en 1851, Basilio está de vuelta en la capital del reino. Benito de Llanos se había interesado por él en carta dirigida a Miyar desde Gijón, el 10 de junio de 1851, y su tocayo “madrileño” le responde:

De Basilio nada le dige porque en realidad nada de particular podía comunicarle pues como aquí no tiene tanto tiempo como en Corao para entregarse a su pasión favorita, hace poco pues hasta ahora a lo que más le insto es a que aprenda los preliminares más indispensables como son aritmética y geometría pero para la teoría no demuestra tan buena disposición como para la práctica; este mes empezará a ir a las salas de delineación del Conservatorio de Artes y entonces veremos cómo se presenta. Ahora está haciendo una bomba para elevar el agua, no sé si saldrá con su empeño. En cuanto a lo demás, es decir de genio sigue lo mismo, muy metidito en sí, siempre haciendo algo, obediente a cuanto se le manda, sin replicar una sola palabra y sobre todo siempre contento.

Basilio Sobrecueva recibe sus clases de delineación en el Real Conservatorio de Artes y Oficios, en la planta baja del Convento de la Trinidad, en la calle de Atocha. Fundado en 1824 como escuela que había de contribuir a acelerar el progreso industrial en España mediante el aprendizaje de las artes y los oficios industriales, se encontraba desde 1843 en una etapa de metamorfosis hacia una escuela técnica moderna, reorganizándose y transformándose, por un Real Decreto, de 4 de octubre de 1850, en Real Instituto Industrial. El plan de enseñanzas había sido aprobado en 1832 y dividía la enseñanza industrial en particular, general y especial. La primera, de un año de duración, incluía tres clases: Aritmética, Geometría y Mecánica de las artes; Química de las artes y Delineación o Dibujo Geométrico. Por las palabras de Benito Miyar, bien parece que éste fuera el plan de estudios seguido por Basilio como alumno del Conservatorio. Entre sus maestros destacaba Isaac Villanueva, una de las figuras más importantes de la enseñanza técnica en España, profesor de dibujo y director del taller y gabinete de máquinas, autor del Curso de dibujo industrial, obra en cinco volúmenes.

Es el primer paso para alcanzar su gran aspiración, aprender la fabricación de relojes. Lo logrará trabajando para uno de los más acreditados en el Madrid de aquel tiempo, el alemán Fernando Ganter, que era relojero de Palacio. Manuel de Foronda es el primero que menciona la presencia de Basilio Sobrecueva en el taller de Ganter, noticia que debía a otro relojero alemán, Alberto Maurer, propietario en la década de los ochenta del siglo XIX, del establecimiento que había sido de su compatriota en el número 12 de la calle Sevilla[v].

María Antonia Nogales en su artículo del diario ABC, donde publicó datos ignorados por la historiografía, escribe que Ganter viajaba mucho y que pronto Basilio se hizo su hombre de confianza, por lo que en su ausencia quedaba al frente de la relojería[vi]. Probablemente alguno de sus viajes tendría como destino la cercana Sierra de Guadarrama y bien pudiera ser que le acompañase otro alemán que por aquellos años aparece en la vida de los Miyar, Roberto Frassinelli Burnitz. Oriundo de Ludwigsburg, apenas a un centenar de kilómetros del Lenzkirch natal de Ganter y como éste, enamorado de la montaña. No dejarían ambos alemanes de conocerse en el patio de vecindad que era el Madrid de la época y bien pudo ser Frassinelli quien facilitase, a tío y sobrino, la entrada en la relojería de Fernando Ganter.

Amelia Miyar Intriago, nieta de Benito Miyar y Con, en entrevista concedida a la periodista Yolanda Sobero[vii], sitúa a Frassinelli en la “trastienda” de la librería de Benito Miyar con quien mantuvo una fuerte amistad que se prolongará hasta la muerte del librero en 1877 y que llevará a Roberto Frassinelli, a finales de 1854, a establecerse en Corao, lugar de nacimiento de aquél, asentado a los pies de los Picos de Europa. Dice que Frassinelli realiza con Basilio un viaje a caballo hasta Corao y sus alrededores[viii], quedando el alemán fascinado. Así se muestra en la carta a dos manos que Roberto Frassinelli y Benito Miyar escriben a Pedro de Cangas donde manifiesta que “todas nuestras conversaciones se reducen a hablar de Corao”. Aquí se afincará el alemán a finales de octubre de 1854.

En 1856 Benito Miyar regresa a Corao y con él Basilio, joven de 22 años de edad. Concluida su primera etapa de formación, Basilio Sobrecueva Miyar se establece en Gijón a comienzos del año 1857. La elección de la villa de Jovellanos estuvo inspirada por su vecino y amigo Benito de Llanos, que lo recomienda a diversos señores que “se le ofrecieron muy cumplidamente”, en un intento por allanar las dificultades propias de una empresa que recién comenzaba.

A primeros de marzo, Basilio ya dispone de local para instalar el taller, aunque “no tiene el mejor sitio que se necesita” —dice Leandro Llanos Nava—. La gran falta que Gijón tiene de un buen relojero hará que se le busque “donde quiera que se halle”. El taller se encuentra muy próximo a la plaza Mayor y al muelle de pescadores, en los bajos del número 10 de la calle Santa Elena, detrás de la antigua casa de aduana; habitando Basilio y su hermana Benita, que le acompañará en toda su estancia gijonesa, en el número 6. En la contigua calle de San Antonio, viven Eulalia, celebrada poetisa asturiana[ix], y Teresa, hermanas de su amigo y valedor Benito de Llanos.

Pero fue muy breve esta primera estancia gijonesa de Basilio Sobrecueva. Así, el 13 de octubre de 1857, Leandro Llanos escribe a su hermano Eduardo, participándole que Basilio

[…] adquirió gran partido y últimamente le propuso el relojero de S.M. la plaza de oficial 1º de dicha relojería, la que aceptó. Y ejecutó su marcha el 10 de este para Corao y desde allí a Madrid, habiendo estado solamente siete meses establecido en Gijón […][x]

Entre 1857 y 1862 carecemos de datos, aunque sabemos que estando disconforme con sus conocimientos emprende la última etapa de su aprendizaje, viajando a Suiza con el fin de instruirse en la fabricación de relojes de bolsillo. Foronda, que conoció a Basilio Sobrecueva en Corao en el año 1882, escribe que “sus deseos de perfeccionarse le llevaron a Inglaterra, Alemania y Suiza”.

Este viaje tuvo una primera parada en Bilbao, donde se halla establecido el 16 de abril de 1862, al efecto de adquirir un capital que le permitiera afrontar su estancia en Suiza. A tierras helvéticas marchó con la esperanza de concluir su formación, pero el arte de la relojería estaba restringido a los naturales del país. Pese a ello, su estancia no resultó improductiva. Queda en el recuerdo familiar que Basilio pudo adquirir en los mercados locales piezas y herramientas de relojería que los pastores fabricaban para su venta.

Basilio_Sobrecueva

Basilio Sobrecueva Miyar. Fotografía: Alfredo Truan

En 1865, si no antes, Basilio está de vuelta en Gijón. En carta a doña Isabel de Nava, esposa de Benito de Llanos, refiere, con claridad meridiana, que la razón de los contratiempos que sus trabajos habían experimentado en Gijón fue la falta de capital para llevar adelante su empresa:

Los que principiamos con atrasos y carecemos de ayuda, nos cuesta muchísimos apuros el atender a nuestro crédito siendo este mucho más delicado en los que no tenemos garantías que ofrecer. No obstante boy vien gracias a Dios, y si como no tuve a nadie que me ayudase, le hubiera tenido hace unos 6 o 7 años otro gallo me cantara[xi].

En Gijón, Basilio regentó su establecimiento relojero con estrecheces económicas pero siempre atento a mantener su crédito comercial. A primeros de noviembre de 1866 le comenta a Benito de Llanos que está tan lleno de compromisos con la obra[xii] que no tiene tiempo para nada. Unos días antes, había realizado un breve viaje a Madrid y en el regreso, al bajar el puerto de Pajares, coge un fuerte resfriado que le mantiene varios días postrado en cama. En la capital española se reencontró con viejos amigos que lo felicitan por su “actual” buen estado de salud, lo que trasluce una enfermedad anterior.

En 1867 Basilio viaja a París y a Suiza para visitar las fábricas de relojería. Un año después, volvemos a tener noticias suyas, de regreso en Gijón y volcado en su trabajo hasta la extenuación, como averiguamos por su carta del 28 de junio de 1868 a Leandro Llanos Nava: “No te escriví antes por las prisas que me ocasiona la obra y el poco gusto que tengo para sentarme a escrivir después de tener la vista rendida del trabajo”.

Dos cartas más, fechadas los días 29 y 30 de septiembre de 1870, intrascendentes, cierran la correspondencia que conocemos remitida por Basilio Sobrecueva desde Gijón a sus amigos de Corao. Por entonces sus planes de abandonar Gijón, donde no ha alcanzado el éxito profesional que esperaba, deben ser firmes. Anselmo González del Valle le hace un ofrecimiento, sesenta mil duros para montar una fábrica de relojes que compita con las inglesas. Basilio, deteriorada su salud por los viajes y el trabajo agotador, rechaza el dinero. No quiere comprometer el capital que le ofrece su amigo y se instala, por contra, en Corao, al amparo de su familia. El 25 de diciembre de 1871, Isabel de Nava escribe a su hijo Eduardo Llanos Álvarez de las Asturias comunicándole que Basilio “está aquí por este invierno y creo que será para siempre pues ya subarrendó dos casas en Oviedo y se vino”.

En noviembre de 1872 ya fabrica relojes en Corao, donde vive con su madre y sus hermanas, mientras su padre permanece solo en Coraín. En la finca familiar de los Miyar, en la Calle l’Agua, ha construido una fragua y una galería acristalada, más amplia y clara que el primitivo taller instalado en el bajo de una de las casas de sus abuelos. El 23 de abril de 1873, Isabel de Nava le da nuevas noticias a su hijo Eduardo:

Te diré como Basilio está haciendo un reloj de campana por compromiso para el Instituto de Luanco, para el Sr. de la Pola, pero tuvo que hacer los moldes todos, que le empeña, pero le debe favores. Le vi hacer los dientes de una rueda, pero da gusto con la facilidad que las hace. De bolsillo tiene 6 [relojes] hechos y está animadísimo.

Este reloj, el único monumental que realizó Basilio, está instalado en la fachada principal del Instituto del Santo Cristo de Luanco. La esfera de cristal fue fabricada por “La Industria” de Gijón, propiedad del fundador del instituto, D. Mariano Suárez Pola. Su inscripción es incorrecta, pues dice “B. Sobrecuebas”, una “s” más en el apellido, que escriben con dos letras “b”. En el interior, la firma grabada dice: “B. Sobrecueva | Corao”.

Durante su estancia en Gijón, Basilio Sobrecueva hizo buenos amigos; entre ellos, el catedrático Luciano García Rendueles[xiii], director del Instituto Jovellanos y en calidad de tal impulsor de mejoras en la fundación jovellanista, entre ellas la reparación y posterior sustitución del reloj del instituto. La importancia de este reloj en el Gijón de mediados del siglo XIX era grande, pues era el único reloj de torre en la villa y por él se ponían en hora los de los comerciantes, pilotos, prácticos y demás personas. En esta primera intervención en el reloj del Instituto Jovellanos, el “acreditado relojero y fabricante” Basilio Sobrecueva

ha limpiado y puesto un eje al péndulo del Establecimiento: para hacer este delicado trabajo hizo un viaje á esta población, manifestándose tan desprendido y entusiasta por el Instituto, que ni aún consintió que se le pagasen los gastos de la posada; el hacer público este rasgo de generosidad es, no sólo un deber, sino también conveniente para que se vayan conociendo las personas entusiastas por las glorias de nuestro Patricio[xiv].

Pero el estado del reloj reparado debía ser calamitoso, pues García Rendueles inició una suscripción “para la recomposición de la torre del Instituto y colocación en ella de un reloj”[xv]. En abril de 1878 se completó la misma, encargándose en Londres un moderno reloj del fabricante J. W. Benson. Llegó a Gijón el 29 de enero de 1879 y a finales del mes de febrero, “el muy conocido relojero” Basilio Sobrecueva estaba montándolo, instalándolo “en una habitación arreglada convenientemente. Por las pruebas efectuadas, se llegó al convencimiento de que el reloj era excelente. Comenzó a funcionar para el público el 1º de marzo de 1879” [xvi].

Poco más de un año antes, a finales de 1877[xvii], Basilio Sobrecueva había puesto en claro la vinculación económica que mantenía con sus padres y hermanas, separándolos de cualquier responsabilidad económica en la construcción de la fábrica de relojes que, por entonces, ya había iniciado en el sitio de San Nicolás, muy próximo a la capilla del santo. Había permutado una finca con su madre, cambiado otra a su tío Benito, comprado al Ayuntamiento un terreno del común y adquirido una más a la familia Llanos Noriega en favorables condiciones, según las instrucciones dadas por Eduardo Llanos.

Basilio quiere dejar claras sus circunstancias económicas respecto a su madre y sus hermanas Laura y Benita, con las que ha convivido varios años. Aún vive con las dos primeras, tras el matrimonio de la última. En el expresado documento leemos que entre Basilio y los mencionados familiares “no hubo sociedad de ninguna clase ni la hay, ni la constituyen pues el D. Basilio se sostuvo y sostiene con los recursos de su Relojería, y su madre y hermanas con los de ellas, por lo que ninguno está obligado a las pérdidas que el otro haya hecho ni tampoco participa en las ganancias”. Se añade que la obra de la fábrica de relojería la ha hecho y hace “con recursos de su profesión de relojero” y con los mismos compró al Ayuntamiento de Cangas de Onís “el terreno contiguo a la delantera del edificio” así como “un peñón para sacar piedra, una carreta para conducir materiales” y “también las maderas para el citado taller”. Y aclara que “también son de la exclusiva propiedad de Don Basilio todos los enseres y efectos que hacen relación a su oficio de Relojero” y “el mueblaje de casa que trajo de Gijón”.

El 16 de marzo de 1880, doña Isabel de Nava nos proporciona otro dato, mínimo pero significativo. En carta a su hijo Eduardo, le dice que Basilio “está a toda prisa haciendo la fábrica, están a vigas”. Terminado el edificio, la gran fábrica soñada, ha llegado el momento de poner en funcionamiento la empresa. Para ello, Basilio Sobrecueva se asocia con sus primos Ismael y Roberto Miyar Álvarez, hijos de su tío Benito, que aportan capital al proyecto. En efecto, el 27 de septiembre de 1881, Basilio se encuentra en Madrid para vender las acciones de la Compañía de Ferrocarriles y de la Sociedad de Impresores y Libreros del Reino, heredadas por los hermanos Miyar y que ya pueden enajenarse después de la partición de la herencia de Benito Miyar, aprobada el 28 de julio de 1881[xviii].

Basilio Sobrecueva y los Miyar crean una sociedad para la fabricación y venta de relojes y así comienza la la actividad de la primera manufactura de relojes abierta en España. Los relojes de Sobrecueva, que hasta entonces aparecían firmados “B. Sobrecueva | Corao”, se fabrican ahora bajo la marca “B. Sobrecueva Miyar y Cía | Corao”, aunque en algunos se intercala la palabra “Asturias”. Según nuestras estimaciones, durante los ocho años de existencia de la fábrica se construyeron casi trescientos relojes. A lo largo de su vida, Basilio Sobrecueva construirá relojes de cuadro, también llamados “Ojo de Buey”, y relojes de péndulo corto. La maquinaria es tipo París, de ocho días de cuerda y la sonería de horas y medias por timbre o muelle. Las cajas son de maderas nobles: caoba y nogal. Sabemos que también realizó, al menos, seis relojes de bolsillo.

Las noticias de la construcción de la fábrica de relojes llegan a Madrid. El 23 de enero de 1882, el rey Alfonso XII concede a Basilio Sobrecueva Miyar, “acreditado fabricante de relojes”, el título de Caballero de la Real Orden de Carlos III. Ha presentado la solicitud la Dirección General de Agricultura, Industria y Comercio, del Ministerio de Fomento, a propuesta de la “Asociación industrial”[xix].

Y ese mismo año, durante el verano, recibe en Corao la visita de un ilustre viajero, Manuel de Foronda y Aguilera, con los años primer marqués de Foronda y académico de la Real Academia de la Historia. Camino de Abamia, recuerda haber oído citar “al relojero de Corao”, una persona que, “habitando en el centro de aquellas montañas, era conocido en muchos puntos por la perfección con que ejercita su difícil industria”. Y estando en su lugar natal, pregunta por él. Lo encuentra en su casa, y dice que halló a un hombre “cuyo aspecto revelaba nada vulgares condiciones”, a “un mecánico nada exhausto de conocimientos científicos”. Recorrió sus talleres, examinó sus trabajos y vio “algo que no es el producto del trabajo rutinario.

A grandes rasgos, Basilio le cuenta su vida:

Y cuando logró reunir una modesta fortuna a fuerza de trabajo y privaciones, la nostalgia hizo su efecto, y los grandes talleres y las populosas ciudades con todo su movimiento y grandiosidad le parecían inferiores a su casita de Corao, los magnates de la industria no le proporcionaban tan grato entretenimiento como sus humildes convecinos y el recuerdo de sus padres y de su pueblo no se borraron un instante de su mente, y como dice un festivo escritor amigo nuestro, fue y vino y se volvió a su lugar nuestro Basilio Sobrecueva, retirándose a Corao donde al calor de la familia y alternando con los cuidados de su huerto y de los animales domésticos, emprendió la misión de civilizar a sus convecinos enseñándolos a trabajar en artes y oficios, para ellos antes desconocidos, porque del mismo modo fundía una pieza para una máquina, que construía una herramienta, componía un órgano, arreglaba un barómetro o montaba un reloj, después de haber construido una por una todas sus piezas, cual sucede con el magnífico que construyó y por iniciativa del Sr. Posada Herrera se conserva en el Congreso de los Diputados. En una palabra, lo mismo aguzaba la reja de un arado que construía un cronómetro[xx].

A comienzos del año 1889, Basilio comienza a sentirse muy enfermo, el cansancio que venía arrastrando le impide seguir trabajando al ritmo que se había impuesto. Los encargos eran numerosos y él, siempre esclavo de su palabra y cumplidor con sus clientes, tratará que la fabricación de relojes no decaiga. Cada día trabaja menos pero sigue dirigiendo la fábrica desde su casa, situada sobre el taller, y a través de una ventana controla los movimientos de sus operarios. Lo visita Fray Ramón Martínez Vigil, obispo de Oviedo, para interesarse por su salud y comentar los planes de instalación de la fábrica de relojes en Covadonga. Este proyecto, que habían elaborado entre los dos y que estaba en marcha, queda truncado pues Basilio le dice que dada su enfermedad sólo puede hacer planes para un futuro próximo.

El 13 de enero de 1890, a las cinco y media de la tarde, fallece Basilio Sobrecueva Miyar[xxi], “el único fabricante de relojes que, en la extensión de la palabra, había en España”, según afirmación de Maurer a Foronda. Ha testado la tarde del día anterior, dejando como únicos y universales herederos a sus padres, Miguel de Sobrecueva e Ignacia Miyar[xxii]. De avanzada edad, delegan en sus yernos Manuel y Juan del Dago Vega, para realizar el balance y liquidación de la sociedad para la fabricación de relojes que Basilio tenía constituida con sus primos Ismael y Roberto Miyar Álvarez.

La liquidación se realiza el 18 de junio de 1890 y en consecuencia, el edificio de la fábrica, la finca donde se ubica y los materiales que en ella están para la construcción de una casa, quedan en propiedad de los padres de Basilio Sobrecueva, renunciando los Miyar a cualquier cantidad satisfecha por cuenta de la sociedad para atenciones particulares de los herederos desde el fallecimiento; obligándose al pago de 15.000 reales más 232 pesetas de intereses del capital de la sociedad durante el semestre que va desde el 20 de enero, cuando se debió realizar un primer balance, a la liquidación de la sociedad. Igualmente, se obligan los Miyar a entregar a los herederos tres relojes de pared, péndulos cortos, cuya entrega efectuarán lo más pronto que les sea posible fabricarlos.

Los hermanos Miyar, por su parte, reciben a cambio la cesión y renuncia de

todos los derechos, créditos, acciones y demás pertenecientes al D. Basilio, por consecuencia de la Sociedad que hubo para la fabricación de relojes, incluso el capital aportado por D. Basilio para su creación, créditos, activos y pasivos, maquinaria existente sin reservación de relojes, incluyendo asimismo los relojes existentes construidos y en construcción, asimismo los materiales que existen hoy en la fábrica de puertas adentro.

Se incluye en dicha cesión “la caja de fondos de la Sociedad con lo que en ella se encuentra”. Podrán usufructuar el edificio de la fábrica durante un período improrrogable de tres meses, con una renta de 40 reales o la parte correspondiente al período usufructuado[xxiii].

Con este convenio de liquidación, se pone fin a la fábrica de relojes fundada en Corao por Basilio Sobrecueva Miyar y se da inicio a una nueva etapa en la relojería de Corao, protagonizada por los hermanos Ismael y Roberto Miyar, que se trasladan al primitivo taller de Basilio, en casa de sus abuelos, en la Calle l’Agua de Corao.

Maximino Blanco del Dago
Francisco José Pantín Fernández

Artículo publicado en: Pantín Fernández, Francisco José & Meneses Fernández-Baldor, María del Carmen, Hombres y Mujeres de Abamia, Corao, Asociación Cultural Abamia – Excmo. Ayuntamiento de Cangas de Onís, 2012, pp. 151-165.

Notas

[i] Al fallecimiento de Maximino Blanco del Dago, el 20 de abril de 2012, los autores se encontraban realizando una biografía de Basilio Sobrecueva Miyar. El texto que aquí se publica es un extracto de dicho trabajo inacabado.

[ii] Archivo parroquial de Santa Eulalia de Abamia, Bautismos, 1826-1838, fol. 264. “Corao | Basilio | En la yglesia parroquial de Abamia el día quince de Junio de mil ochocientos treinta y cuatro yo d.n Pedro Díaz cura propio de ella bauticé solemnemente un niño que nació el día catorce del dicho mes y se llamó Basilio es hijo legítimo y de legítimo matrimonio de Miguel de Sobrecueva y de Ygnacia Miyar vecino del lugar de Corao de esta parroq. a fueron padrinos Diego de Sobrecueva tío carnal del bautizado y vecino de Coraín y María Bárzana q.e lo es de la parroq. a de S.n Román concejo de Amieba la q.e no tocó advertí lo devido y lo firmo. Pedro Díaz”. Una sencilla consulta en el archivo parroquial de Santa Eulalia de Abamia deshace varios errores que se han repetido con reiteración en la bibliografía existente sobre la relojería de Corao, desde que en 1957 Fernando Landeira de Compostela, publicase su Theatro Chronométrico del Noroeste Español (Madrid, Roberto Carbonell Blasco, 1957, Biblioteca Literaria del Relojero, núm. 5, pp. 148-157, láms. XLV y XLVI). Basilio no nació en Madrid en 1835, como le contaron a Landeira, ni su madre era hermana de Antonio Miyar Otero, sino de Benito Miyar y Con, primo y heredero de Antonio. Al año siguiente en un artículo más extenso, “La tradición relojera de los Miyar, de Corao”, publicado en Cuadernos de Relojería (Madrid, 1958, núm. 14, pp. 25-40), se deslizará una errata de imprenta que convertirá la supuesta hermana en hermano. En dicho artículo escribe que es hijo de don Manuel Sobrecueva y Bárcena y de doña Ignacia Miyar y Con, que había nacido en Madrid y que pasó grandes temporadas en Corao, regresando a Madrid para trabajar con Ganter, añadiendo que su padre era librero y cuñado del reseñado Antonio Miyar. Su padre ni se llamaba Manuel, sino Miguel, ni fue librero, sino el mayorazgo de la familia Sobrecueva, residente en Coraín (Cangas de Onís), donde atendía las ocupaciones propias de un pequeño hacendado rural. Y Basilio no pasó esas grandes temporadas de que se habla en Corao.

[iii] Instrumento de madera, a modo de collar, que sirve para atar el ganado.

[iv] Archivo privado. Queremos expresar el agradecimiento más sincero por la valiosa documentación aportada a los autores para la realización de este trabajo. Sin ella, esta breve reseña biográfica de Basilio Sobrecueva quedaría reducida a unos escasos recuerdos familiares. Por razones de espacio, las menciones a la correspondencia no se detallan.

[v] Foronda y Aguilera, Manuel de, De Llanes a Covadonga. Excursión geográfico-pintoresca, Madrid, “El Progreso Editorial”, 1893. Lo que no tiene ningún fundamento, es lo publicado por Luis Suárez que sitúa en Corao, en el año 1825, al relojero alemán Fernando Ganter. Suárez, Luis, “Durante cien años se fabricaron relojes en una aldea de Cangas de Onís”, en Región, Oviedo, 31 de julio de 1977, p. 13.

[vi] Nogales, María Antonia, “Un hidalgo desconocido (En memoria de don Basilio Sobrecueva, relojero del Palacio Real)”, en ABC, Madrid, 14 de octubre de 1954, p. 15.

[vii] Sobero, Yolanda, “Los Miyar de Corao: las horas de otro tiempo”, en La Nueva España, 6 de agosto de 1980, p. 17.

[viii] Doña Amelia equivoca el compañero de Frassinelli en el viaje, pues no fue Basilio Sobrecueva sino Benito Miyar, como se deduce de la carta que Sebastián de Soto Cortés remite a Eduardo Llanos, fechada en Gijón el 19 de junio de 1902: “Recuerdo entre otras cosas un pequeño libro que contenía muchos apuntes tomados durante el famoso viage que hicieron desde Madrid a Corao él [Frassinelli] y Miyar montados en un jaco y un borrico como D. Quijote y Sancho”. En el año 1850, Benito Miyar había realizado un viaje a su Corao natal, bien pudo ser esta la ocasión en que Frassinelli lo acompañó.

[ix] Véase el artículo biográfico de Carmen Meneses Fernández-Baldor en este mismo libro.

[x] Queremos agradecer las consultas realizadas por don Ismael Baraibar en el archivo del Palacio Real. Lamentablemente han resultado infructuosas, lo que nos induce a pensar que Basilio Sobrecueva quizá trabajase como oficial 1º en la relojería de un proveedor de la Casa Real. Igualmente, queremos agradecer su colaboración a nuestro amigo José Manuel Trespando Corredera.

[xi] Pese a todo, Basilio Sobrecueva mantuvo relaciones con importantes empresarios de Gijón como Mariano Suárez Pola, socio de “La Industria”, para el que construirá el reloj del Instituto del Santísimo Cristo de Luanco, o Alfredo Truan Luard, que le dedicará a su amigo Basilio Sobrecueva un retrato oleográfico al carbón.

[xii] Entiendo que se refiere a la construcción de relojes. En 1868 escribe en los mismos términos a Leandro Llanos.

[xiii] Vinculado familiarmente con los Llanos de Corao pues Alonso García Rendueles, profesor de Matemáticas y director de la Escuela Especial de Gijón, estaba casado con Antonia Llanos Noriega, hermana pequeña de Benito. Un Alonso Rendueles fue, con Antonio Miyar, testamentario de Sebastián de Soto Posada, fallecido en Madrid el 13 de octubre de 1829.

[xiv] García Rendueles, Luciano. Memoria relativa al estado del Instituto de Jovellanos de Gijón, leída en el solemne acto de la apertura del curso académico de 1874 á 1875 por D. Luciano García Rendueles Catedrático y Director del mismo Establecimiento, Gijón, Imprenta y Lit. de Torre y Comp., 1874, pp. 8-9 y 13.

[xv] Íd., Memoria […] de 1875 a 1876, Gijón, Imp. y Lit. de Torre y Compañía, 1875, pp. 10-12.

[xvi] Edición digital del diario El Comercio de Gijón, viernes 30 de enero de 2004. | La Opinión. Periódico de intereses morales y materiales, 23 de febrero de 1879, año III, núm. 151, p. 2. | Guzmán Sancho, Agustín & Sancho Flórez, José Gonzalo, El Instituto de Jovellanos, Gijón, Ayuntamiento de Gijón, 1993, pp. 237-243.

[xvii] Archivo Notarial de Cangas de Onís (en adelante Anco), protocolos de Francisco García Ceñal, 27 de diciembre de 1877. Escritura otorgada entre D. Miguel de Sobrecueva, su mujer e hijos aclarando ciertos asuntos de familia.

[xviii] Entre los diversos bienes heredados por Armida, Ismael y Roberto Miyar Álvarez, figuraban treinta y cinco acciones de la Compañía de Ferrocarriles y dos acciones y media de la Sociedad de Impresores y Libreros del Reino En la partición, correspondieron a Armida Miyar Álvarez, doce acciones de ferrocarriles que fueron adquiridas por Basilio Sobrecueva el doce de septiembre de 1881. Quince días después, Basilio las vende en Madrid, conjuntamente con las que habían correspondido a Ismael, once acciones de ferrocarriles más las dos y media de los impresores, y Roberto Miyar, doce acciones de ferrocarriles. En el momento de la venta, Ismael y Roberto Miyar aún no habían cumplido los veinticinco años y por lo tanto eran menores de edad.

[xix] La Iberia, Madrid, martes 24 de enero de 1882, año XXIX, núm. 7.779.

[xx] Foronda, De Llanes a Covadonga, pp. 167-168.

[xxi] Archivo de Abamia, Difuntos, 1786-1900, fols. 151 v. y 152 r. “Corao, 13 de Enero : D. Basilio Sobrecueva y Miyar. | El día quince de Enero de mil ochocientos noventa, yo el infrascrito Cura propio de Abamia, previas las formalidades legales, asistí a dar sepultura eclesiástica en uno de los nichos del Cementerio de la expresada parroquia, al cadáver de D. Basilio Sobrecueva y Miyar, de estado soltero, de cincuenta y ocho años de edad, natural y vecino de Abamia, fabricante de relojes, e hijo de legítimo matrimonio de D. Miguel y de D.ª Ygnacia, de la misma vecindad; el que falleció en Corao el día trece de dicho mes, de pulmonía, y después de haber recibido los Santos Sacramentos. Hizo testamento a favor de sus padres, y fue funerado con arreglo al de primera clase. Y para que conste, lo firmo fecha ut supra. | Domingo A. Caso”. [adif0822 y adif0823]

[xxii] Anco, protocolos de Antonio Pérez Sela, 12 de enero de 1890. Testamento de Basilio Sobrecueva Miyar.

[xxiii] Anco, Antonio Pérez Sela, 18 de junio de 1890. Convenio de liquidación de la sociedad para fabricación de relojes entre los hermanos Miyar y los herederos de Basilio Sobrecueva.