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Corao es lugar de apellidos inusuales en otras poblaciones de Asturias: Ortea, Piney, Gelot, Mones, Trespando o Pubillones, entre otros. La obligada diáspora que impusieron las dificultades económicas de pasadas épocas, convirtió en emigrantes a una multitud de hijos del lugar que difundieron algunos de estos apellidos en otras tierras, en especial las americanas.

Creo no confundirme al decir que entre todos ellos el caso paradigmático en los últimos dos siglos ha sido el apellido Pubillones, asentado entre nosotros desde los inicios del siglo XIX, cuando Manuel Pubillones, natural de la parroquia de San Juan de Tremañes (Gijón) se afinca en Corao Castiellu, como maestro de su escuela. Unas parcas líneas publicadas en El Auseva de Cangas de Onís el 1º de enero de 1899 reproducen la noticia aparecida en El Heraldo de Asturias, de La Habana, que cita a un coronel Pubillones que no acepta la paz y “vuelve a entrar en campaña con sus guerreros convertidos en acróbatas, diversión de niños y menegildas”. Causa extrañeza leer semejantes palabras, tanto por lo desconocida que es para nosotros la historia de Cuba, aún la española, como por esa mención a una tropa circense.

Indagando en la caudalosa fuente que es internet obtenemos miles de páginas de resultados para la búsqueda “Pubillones”, entre las que refulge de manera especial la mención a un circo cubano: el Gran Circo Pubillones. Sin otras fuentes complementarias, este artículo no pasa de ser un mero instrumento de divulgación sin pretensiones, pese a lo cual estimo interesante difundir entre los vecinos esta expresión de nuestra emigración en América.

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Cartel perteneciente a la colección de The Ringling (The John & Mable Ringling Museum of Art)

Son muy escasos los datos que desde Corao podemos manejar sobre el mundo del circo cubano y, mientras aguardamos la publicación del libro de Miguel Menéndez que historia esta manifestación artística en la isla de Cuba, debemos conformarnos con retazos tales como saber que sus inicios fueron a finales del siglo XVIII en el entonces llamado Campo de Marte, realizándose primero en los sitios donde se lidiaban las corridas de toros, para surgir la carpa como lugar para las funciones en la tercera década del siglo XIX, en el que cobró esplendor con la llegada de circos foráneos. Hasta la aparición del Santos y Artigas, su principal competidor, el Gran Circo Pubillones es el referente circense en la isla de Cuba y en el sentimiento de sus habitantes, tanto que un admirado Alejo Carpentier anota en su La Habana vista por un turista cubano la desmesurada importancia que se concedía a su llegada anual a la capital cubana.

Las caravanas irrumpían en los más diversos lugares seguidas espontáneamente por centenares de personas, instalando sus carpas en los suburbios de las ciudades o en los descampados de los pueblos, donde muchas veces eran la única forma de entretenimiento que podían disfrutar. Predominaban en los elencos de aquél entonces equilibristas, acróbatas, gimnastas y algún mago, no faltando fenómenos como la mujer barbuda o los enanos, y junto a ellos las fieras, esos doce leones que el circo Pubillones tenía en su sótano en el año 1920, rugiendo en competencia con el gran Enrico Caruso que cantaba en el Teatro Nacional de La Habana.

Sabemos que a principios del año 1908 el Pubillones recorría toda la provincia cubana de Oriente “deambulando de pueblo en pueblo, con sus leones, payasos, malabaristas, comecandelasy otros artistas circenses”, acompañado por una orquesta dirigida por el joven músico Ángel Peralta. Pero no limita sus giras a la isla, sino que también visita los países cercanos, entre ellos Costa Rica, que no pudo abandonar en junio de 1893 al ser detenido en Puerto Limón por el temor de que propagara en otros lugares el virus de la fiebre amarilla que por esa época azotaba con una terrible epidemia el Caribe.

Durante mucho tiempo, la atracción principal del Pubillones fue la Gran Compañía Ecuestre, única que por entonces había. En ella actuaron las más grandes figuras, como Charles W. Fish, uno de los más prestigiosos jinetes en las crónicas del circo americano famoso por realizar complicados trucos y espectaculares maniobras, que el 4 de noviembre de 1888 se incorpora a la troupe de Santiago Pubillones en Cuba. Gran jinete también, aunque mujer, fue la británica Linda Jeal, “la reina de la zona en llamas”, reconocida como la más espectacular amazona del siglo XIX, que ejecutaba la proeza de saltar a caballo un aro en llamas, espectáculo representado durante varias décadas. Otra figura destacada de este circo es la “bella Geraldine”, cupletista y acróbata circense, de la que el dramaturgo y premio Nobel español Jacinto Benavente estaba enamorado. De este idilio dejaron constancia, entre otros, Eugenio Noel y Francos Rodríguez.

En ocasiones los circos servían como salas de cine, es el caso del Santos y Artigas, cuyos propietarios eran a su vez productores en la incipiente cinematografía cubana o del propio circo Pubillones, donde el cinematógrafo Lumiere también tenía cabida. Mejor diré circos, pues no hay uno sólo, sino dos: el de Antonio Pubillones que instalaba su carpa en las calles de San Rafael y Oquendo, y el de su hermano Santiago, “nuestro coronel”, que brindaba sus funciones en la carpa levantada en Águila número 61, entre Barcelona y Zanja, casi frente a la Plaza del Vapor. En ellos se representaban “panoramas”, una innovación artística en forma de pantalla transparente, donde se exhibían fotografías en colores, impresas en vidrio e iluminadas que mostraban fundamentalmente paisajes exóticos y acontecimientos nacionales e internacionales. La utilización de lentes estroboscópicos permitía la ampliación de las imágenes, a las cuales comunicaban cierto relieve que las hacía parecer naturales.

Además de estas breves y deshilvanadas noticias, internet nos proporciona dos narraciones que nos introducen en la función circense de los Pubillones. Uno, de Julián del Casal, el poeta cubano más importante de la segunda mitad del siglo XIX, publicado el día 21 de diciembre de 1890 en su crónica semanal del periódico El País de La Habana. No es el mejor narrador que podamos encontrar, por su “inveterado odio” a los sitios públicos y porque el circo es en su artículo un mero instrumento para expresarse sobre un tema distinto y ajeno al mismo, pese a ello un párrafo de su escrito nos ilustra:

No obstante el número excesivo de espectadores, me resolví a permanecer en el circo, porque encontraba allí cierto atractivo indefinible. A medida que transcurría el tiempo, la atracción iba siendo mayor. Y era que creía hallarme, más bien que en un sitio público de esta capital, en el interior de una tienda plantada en medio de una llanura de Orán. Los globos de luz eléctrica, colgados entre las columnas rojas, eran lo único que desvanecía a ratos mi ilusión. Pero yo procuraba no mirarlos jamás. Las nubes de polvo que levantaban del redondel; el sonido de una música salvaje que llegaba del exterior; los rostros de los negros acurrucados en las gradas; las patadas de los caballos en las cuadras; el calor que emanaba de aquella conglomeración de gentes; y los rugidos de las fieras encerradas en sus jaulas de hierro, contribuían, en cambio, al desarrollo de mi ilusión.

Más próximo y entrañable para el amante del circo, es el relato de Renée Méndez Capote en sus Memorias de una cubanita que nació con el siglo [Argos Vergara, Barcelona, 1984, pp. 138-143]:

En realidad el gran espectáculo infantil de aquellos tiempos, era el circo. Sólo había una Gran Compañía Ecuestre, la de los Pubillones, que se sucedían en la pista de abuelos a padres, a nietos y a sobrinos. Todos eran iguales. Todos reunían las características esenciales del Rey de la pista ecuestre. Eran altos, fornidos, elegantes dentro del frac bien cortado, sombrero de copa reluciente, flor blanca en el ojal, solitario de brillante en el dedo meñique, la larga fusta restallante en la mano derecha.

El mundo del circo se revestía de un prestigio enorme. La compañía era excelente. Pubillones traía los mejores números de Europa, Asia y África. La presentación era adecuada y lujosa, la banda bien nutrida, los tarugos bien alimentados y con la ropa limpia y bien entallada. El público se engalanaba de buen grado para las funciones circenses, que constituían el punto de reunión de lo más granado de la sociedad. Los domingos iban, invitados por los empresarios, los niños de la Beneficencia y de las escuelas públicas y animaban el teatro con sus exclamaciones. La temporada se daba en el Teatro Tacón. Para mí el vestido de terciopelo que me hacían todos los años estaba íntimamente asociado con el circo, porque era el que llevaba para el estreno y hasta tal punto va unido al recuerdo del circo de mi infancia el terciopelo y las lentejuelas, que cuando veo en las tiendas la tela de pelo suave y el rebrillar de los pedacitos de gelatina coloreada, que no faltaban nunca adornando los trajes de los maromeros, instantáneamente se me presenta Pubillones haciendo restallar su larga fusta antes de empezar a decir con voz que no necesitaba micrófono: “¡Respetable públicooooo… !”

A nosotros el circo nos abría un mundo de ensueños y ambiciones. Queríamos de todas maneras descoyuntar a Sarah y caminar en la cuerda floja. Hasta a los chinos que se colgaban de las trenzas y se lanzaban por un carrillo desde el paraíso al escenario, los envidiábamos. Yo, que le tenía respeto a los caballos, y pánico a las fieras,  quería ser ecuestre y me enamoraba de los guapos domadores. Soñaba con vivir entre la gente de circo y con igualarme a la Bella Geraldina, imponente en su traje de luces y su sombrero de plumas, montada a la amazona en su percherón, blanco como la nieve, con orejas rosadas y ancas como una mesa. Mamá la admiraba mucho y había dicho: “Es una señora, esta artista.” Y yo pensé que yo bien podía ser otra señora ecuestre en el circo de Pubillones.

De tal manera identificaba el pueblo cubano el espectáculo del circo con la empresa de los Pubillones y tan simbólica era su imagen, que la propia Renée Méndez escribe: “cuando en el cielo habanero apareció la estrella pálida al principio, de Santos y Artigas, nos indignamos. Nos parecieron impostores, traidores, intrusos”. Para resolver este conflicto en las infantiles mentes, otro personaje de su novela encontró la solución: el competidor no era un circo, sino el pubillón de Santos y Artigas, con lo que convirtió el apellido de nuestros emigrantes en sinónimo.

Cuando triunfa la revolución cubana el 1º de enero de 1959, hay en la isla cerca de cuarenta circos, entre ellos el Pubillones. Se mantuvieron con carácter privado hasta el año 1968, desapareciendo tras su confiscación y con ellos una tradición circense netamente vernácula para infortunio de los niños de la isla que durante muchos años desconocieron el gran espectáculo del circo… o del pubillón.

Francisco José Pantín Fernández

Artículo publicado en el Boletín de las Fiestas de Nuestra Señora, Corao, Asociación Cultural y Recreativa El Castañéu, 2005. Los propietarios del circo eran parientes de las personas del mismo apellido asentadas en torno a Corao, pero pertenecían a una rama de la familia que emigró a Cuba desde la población asturiana de Grau / Grado. Zurina Verdaguer Pubillones ha realizado un gran trabajo de investigación sobre este circo y sus fundadores que ha sido publicado bajo el título Del Gran Circo Pubillones : Una leyenda de familia. En el Asturian-American Migration Forum hay una abundante información sobre la familia Pubillones.