Etiquetas

, ,

El señor X… nos invitaba a que nos quedásemos en Covadonga unos cuantos días. Sentía sinceramente nuestra partida, acaso porque nuestra presencia alteraba un tanto la monotonía con que se deslizaban sus días en aquel apartado y solitario rincón de Asturias —y tan pobre que pocos años después, en 1872, con motivo de su primera visita al Santuario el Obispo Sanz y Forés, iniciador de su engrandecimiento, exclamaría: ¡Esto es Covadonga!. De buena gana le hubiéramos complacido retardando nuestra marcha una semana. Pero teníamos asuntos perentorios que nos impedían tomar esta resolución. 

Quien así dice es el periodista y escritor romántico asturiano Evaristo Escalera, colaborador de numerosos periódicos y revistas entre los que destacan Revista de Asturias, El Faro Asturiano y La Ilustración gallega y asturiana. Fue autor de varios libros, entre ellos Recuerdos de Asturias (Madrid, Imprenta de La Iberia, 1865), obra folclórica y anecdótica en la que narra lo aquí transcrito que le aconteció en la visita que, junto a su amigo el historiador y político Manuel González Llana, realizó a Covadonga y el lago Enol.

¿Quién se oculta tras la expresión “el señor X…”? El autor nos dice que es un canónigo de Covadonga; el primer pensamiento es suponer que se tratara de D. Máximo de la Vega, colaborador de Sanz y Forés, como Frassinelli, en las obras de Covadonga, sin embargo D. Máximo sería nombrado canónigo en 1866, un año después de publicado el libro y no tomaría posesión del cargo hasta el año 1867. Podemos conjeturar, empero, que se tratase de D. José Pericón, por aquellos primeros años sesenta, presidente del Cabildo de Covadonga, que no tenía abad.

Con gran contentamiento nuestro mandó que le dispusiesen un caballo, en tanto que se aparejaban los nuestros. Quería acompañarnos hasta Cangas y nosotros aceptamos gustosos aquella última prueba de su cortesía y amabilidad.

A las dos de la tarde de aquel mismo día tomamos el camino de la antigua Canicas.

—¿Tienen ustedes precisión, —nos preguntó el señor X…— de marchar vía recta hacia Cangas?

—De ningún modo, le respondimos.

—Pues bien; entonces tiraremos a la derecha dentro de un rato, y tendré el gusto de presentar a ustedes a un caballero alemán que ha fijado cerca de aquí su residencia, y que es una persona ilustradísima y que posee una profunda y verdadera erudición.

Estas palabras hicieron brotar en nosotros un recuerdo. Habíamos oído hablar repetidas veces de este alemán no solo en varios puntos de Asturias, sino en el mismo Madrid —donde Evaristo Escalera residía desde finales de la década de los 50. Sabíamos que la comisión de Monumentos y Antigüedades, que ha recorrido varias provincias de España, se ha servido de los conocimientos especiales de este sabio extranjero, no menos erudito en la ciencia arqueológica que en los demás diversos ramos del saber. En Asturias tenemos referencias del trabajo de Frassinelli como asesor de la Comisión Provincial de Monumentos desde el año 1844, aunque aún tardaría diez años en afincarse en Corao.

No tardamos en abandonar la carretera que conduce a Cangas, para internarnos en un bosque de castaños que nos prestaban una agradable sombra. Después de media hora de camino, constantemente cobijados bajo la sombra de aquellos árboles, nos detuvimos en un pueblecito compuesto de una docena de casas, desparramadas en un valle de aspecto risueño y pintoresco. Por estas indicaciones, podemos suponer que en Combes tomaron el camino que a través de Isongu conduce a Corao.

Detuvímonos ante un portón que daba entrada a una huerta y echamos pie a tierra. Estábamos a las puertas de la morada que el extranjero había escogido para su residencia —la llamada “Casa de Cambre”, de la que Frassinelli había adquirido la mitad a Ramón de Cangas en el año 1856. El señor X… levantó el aldabón, empujó la puerta y nosotros marchamos en su seguimiento. Nos encontramos dentro de un reducido pero excelente jardín, donde se respiraba una atmósfera embalsamada.

Un criado fue a anunciar nuestra visita al alemán y entretanto aguardamos. El mismo salió a recibirnos, dispensándonos una benévola acogida. Como la casa estaba en construcción, o reparándose al menos, nos hizo subir a la espaciosa solana, donde pasamos un rato delicioso, conversando de artes, de botánica, de literatura, de historia y de política.

lago-constanza

Dibujo de Roberto Frassinelli Burnitz: Lago de Constanza.

Mr. Frassinelli [al que el autor llama Mr. S…] se empeñaba en obsequiarnos.

—Van ustedes a almorzar, nos dijo.

—Hemos almorzado.

—Entonces tomarán ustedes café.

—Hemos tomado café.

—Sin embargo, —repuso el señor X… volviéndose hacia nosotros— mi café es bueno; pero no el de Mr. Frassinelli. 

—¡Ah! ¿con que no es tan bueno? Pues entonces aceptamos desde luego la invitación. Compararemos café con café. No se nos ocultaba que las comparaciones son odiosas, a pesar que no damos a este apotegma una autoridad absoluta. ¡Pero odiosas las comparaciones de lo mejor a lo peor! La del café de Mr. Frassinelli con la del señor X… pertenecía sin duda a esta categoría. Era un moka excelente, como no se sirve en el afamado café de Tortoni. Un café capaz de hacer soñar y de enardecer la imaginación de un misántropo…

Según la costumbre alemana, Mr. Frassinelli nos ofreció sus pipas. Entre las azules bocanadas de humo y los sorbos de café y de jumel, la conversación tomó un giro original.

Los nombres de Descartes y Napoleón, Tirso de Avilés y Pelayo, Toreno y Quintana, pasaron en enroscadas espirales como las que describía el humo de las pipas. Mr. Frassinelli  no solo conoce la España de la antigüedad y de la tradición, sino que está familiarizado hasta con nuestros poetas y escritores modernos. Ayala y Bretón, Ruiz Aguilera y Carolina Coronado, Castellar y Antonio Flores, Trueba y Florentino Sanz, Larra y Carlos Rubio le son igualmente conocidos. Su librería es una biblioteca escogidísima —de la que nunca más se supo—.

Pero la tarde avanzaba. Los últimos instantes que pasamos en la agradable compañía de Mr. Frassinelli se parecieron mucho a un fin de fiesta. Aunque el señor X… quería acompañarnos hasta Cangas, no lo consentimos. Despedímonos a un tiempo de aquel hidalgo y hospitalario sacerdote y de aquel modesto e ilustrado extranjero que nos había hecho pasar un rato tan delicioso. Tomamos pues el camino de Cangas, algo pesarosos de habernos separado de dos personas hacia quienes sentíamos una viva y afectuosa simpatía. Ellos quizá habrán olvidado nuestros humildes nombres: nosotros los conservaremos siempre como un recuerdo unido a una fecha y a una expedición que llevaremos por mucho tiempo en la memoria.

Más de cien años después, la memoria y la pluma de Evaristo Escalera nos invitan a saborear otro café en la compañía de Roberto Frassinelli Burnitz.

Francisco José Pantín Fernández

Artículo publicado en el Boletín de Fiestas de Nuestra Señora, Corao, Asociación Cultural Abamia, 1999. Reproducido aquí con mínimas variaciones.