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Corao, 13 de junio de 1794 – Madrid, 11 de abril de 1831. Ciudadano, librero y escritor.

Antonio Miyar Otero, hijo de Manuel Miyar y de Joaquina Otero, nació en Corao en la festividad de San Antonio del año 1794. Con cinco años de edad fallece su padre, quedando, junto a su hermana Josefa, al cargo de su madre a la que pronto ayuda en las faenas agrícolas. Como otros niños de la parroquia, acudiría a la escuela de Corao Castiellu, fundada por Francisco de Soto Sobrecueva en 1760 y dotada con generosidad, lo que permitió un buen maestro.

En algún momento del último cuarto del siglo XVIII, su tío Fernando Miyar González se traslada a Madrid para ingresar en el ejército. Allí contraerá matrimonio con Ana Alverá, hija de una conocida e importante familia de libreros a los que se asocia. Dos eran las librerías de los hermanos Bernardo y Felipe Alverá, establecidas ambas en la Carrera de San Jerónimo, que a caballo entre los siglos XVIII y XIX se fusionan en la razón social “Alverá Hermanos y Compañía”.

Viéndose Fernando Miyar casado, en buena posición social y económica pero sin descendencia, en 1814 “llevó para su casa y compañía a su sobrino” Antonio Miyar Otero, joven ya de veinte años[i].

La casa Alverá había interrumpido su comercio como consecuencia de la guerra contra Napoleón y se encontraba en graves apuros económicos; a ello se unió el fallecimiento de varios de sus socios, lo que derivó en una liquidación general de cuentas, merced a la cual se estableció Antonio Miyar como librero con un socio apellidado Cruz[ii], instalando su librería en el número 2 de la calle del Príncipe. La primera noticia que tenemos de su actividad es a finales del año 1818. Del año siguiente son las primeras referencias al oficio, que incluyen la edición de Recreaciones del arte y de la naturaleza de Donato José Medrano. En 1820, Cruz y Miyar acometen una obra de envergadura: la edición de El derecho de gentes de Emer de Vattel, cuatro tomos impresos por Joaquín Ibarra, año en el que también publican Derechos y deberes del ciudadano, del abate Mably. Es entonces cuando Antonio Rodríguez Moñino fecha, aproximadamente, el primer catálogo publicado por Miyar junto a su socio Cruz: Catálogo de algunas de las obras de mayor uso que se hallan en dicha librería [de Cruz y Miyar] en el que muestran su voluntad de retomar “el comercio e introducción de libros extranjeros que de las principales plazas de Europa hicieron los señores Alverá Hermanos y Compañía, por espacio de muchos años, y que, por su economía, exactitud y actividad en sus contratos les granjeó el crédito público”, pues la escasez de estas obras y su carestía iba en notable perjuicio para el progreso educativo en España.

Antonio Miyar es un hijo de su tiempo, posicionado de modo radical frente al atraso de España y que coopera activamente, empuñando las armas, en la revolución burguesa iniciada por el alzamiento de Rafael del Riego en Las Cabezas de San Juan. El 27 de abril de 1820 se publica el bando para el alistamiento en la Milicia Nacional de Madrid y Antonio Miyar acude presuroso a incorporarse a este cuerpo voluntario de defensa del nuevo orden constitucional. De esos primeros días se conserva un comentario a su buen amigo Felipe de Soto:

Aquí me tiene V. hecho un voltisseaux de primera clase a la rigurosa francesa, pluma, cordones y charreteras verdes, sardinetas y corneta del brazo de plata, ¡Eh, qué tal! V. dirá con razón o sin ella que soy un loco, pero a eso se puede responder con el dicho de Moratín: D. Antonio siempre el mismo. Queda dicho pues que soy individuo de la 1ª Compañía de Cazadores del 1er Batallón del 1er Regimiento de Milicia Nacional Local Voluntaria de Madrid[iii].

El Trienio Liberal vivirá, hasta su derrota por el absolutismo de la Santa Alianza, momentos convulsos, propiciados unos, por las tiranteces entre las diversas facciones liberales y otros, los más, por el absolutismo borbónico relegado por el constitucionalismo, encarnado en las figuras del clero, nobleza y demás estructuras carcas, bajo la dirección solapada del felón Fernando VII que utiliza el ejército en contra del gobierno. Así, la milicia nacional se convierte en la fuerza de choque en la defensa de la constitución y del gobierno liberal. Antonio Miyar, que ha sido elegido teniente de su compañía, a la que también pertenecen el general Riego y el capitán Pablo Iglesias, se destaca como un aguerrido luchador por la libertad recién reinstaurada. Así, en febrero de 1821, le escribe a su buen amigo Benito de Llanos, a la sazón alcalde del Ayuntamiento constitucional de la jurisdicción de Corao, en los siguientes términos:

Aprovecho este momento que he dejado el fusil para venir a comer; dos días con dos noches hace, que no ha caído el fusil de nuestra mano, ni hemos dormido sueño; otro tanto hace que tenemos puesto sitio al cuartel de Guardias de Corps o por mejor decir al extinguido de Guardia de Corps pues el Consejo de Estado reunido ayer así lo determinó y así se calmó el justo furor de este pueblo, de la Guarnición y de los Milicianos Locales Voluntarios como los primeros que hemos sido ofendidos que por todas partes buscábamos a los Guardias de Corps para asesinarlos o que nos asesinaran, faltando venir ahora cobardes que ya estamos armados; por el adjunto verá Vm. más al por menor los acontecimientos y en el correo que viene escribiré más largo, pues ha habido acontecimientos dignos de esculpirlos con letras de oro en el mármol más permanente.

Tenemos cercado el Cuartel, y colocados al frente de sus puertas cuatro piezas de artillería; esta mañana al remudar la Centinela que tienen ellos a la puerta, uno arrojó para un lado la tercerola y para otro la bandolera y se pasó a nosotros.

Tan importante como la defensa de la constitución, es ganar adeptos para su causa, y así en julio de ese mismo año, escribe a Felipe de Soto:

Ha salido una columna días hace a recorrer algunos pueblos de la provincia, para ver el espíritu de ellos y entusiasmarlos.

Esta indisoluble columna se componía de 32 cazadores de la 1ª con un sargento 1º y 12 caballos también de la milicia voluntaria con otro sargento 1º. Se rompió la marcha en la plaza de la Constitución a la una y media de la noche dando un viva a la sagrada constitución, al que respondieron con particular melodía, las ninfas del Manzanares diciendo: antes morir que ser vencidos, bravos milicianos defensores de los derechos del hombre.

Hemos salido por la puerta de Alcalá, a la alameda de la de Osuna, Torrejón de Ardoz, Alcalá de Henares (donde nos recibieron en triunfo), Los Hueros, Torres, la villa del Campo (regocijo), Arganda (triunfo), Vacía Madrid, Vallecas y por la puerta de Atocha a Madrid.

Nuestra primer operación al entrar en un pueblo, era encaminarnos a la plaza, al ver la lápida echar armas al hombro y dar un viva; y si esta no existía se le llamaba al Alcalde y secretario y se les obligaba a dar testimonio.

Sólo un pueblo encontramos sin lápida, dimos parte a Madrid y a los tres días ya estaba allí un comisionado con una preciosa de mármol blanco, al que recibieron al parecer con gusto y entusiasmo: todo lo pagó inmediatamente el Ayuntamiento.

La exaltación y defensa de la nueva realidad política, no interrumpe la intensa actividad profesional de Miyar. En 1821 se enfrasca, con su socio Cruz, en la edición de un periódico de librería: la Bibliografía Nacional y Estrangera[iv]. Anuncios, prospectos y catálogos de libreros, eran habituales en España a principios del siglo XIX. Más raros eran los periódicos de librería que intensifican la comunicación y dan un notable impulso al conocimiento de la producción editorial reciente, facilitando la difusión de los libros al conjugar periodicidad y oportunidad de la información. Herederos del éxito obtenido por Le Journal des Sçavans (1665), se multiplicaron rápidamente por Europa aunque en España apenas cuatro periódicos anteceden a la Bibliografía[v].

De corta vida, en los trece números de la Bibliografía Nacional y Estrangera se manifiesta la pasión por la libertad, la justicia y la igualdad; principios del derecho natural que confluyen en la concepción del pacto o contrato social como modo de organizar la vida en comunidad, junto con un evidente empeño en utilizar la educación como instrumento para el progreso de la condición humana. Al repasar la variedad de materias tratadas, descubrimos las preocupaciones de la burguesía española, en el marco de la crisis de las instituciones del Antiguo Régimen y a un liberal que participa en la transformación de su patria desde la trinchera burguesa, y como miembro de esta clase, firmemente decidido a asumir el poder económico y político del país.

En este año 1821, Cruz y Miyar editan una rara novela gótica: El confesonario de los penitentes negros, escrita por Ana Radcliffe, y amplían su empresa, pues figuran en algunas publicaciones como propietarios de una segunda librería, situada frente a las gradas de San Felipe el Real. Aparentemente, rompen o modifican su sociedad en 1822 pues la razón “Cruz y Miyar” ya no aparece al frente de dos librerías sino que, aún figurando en la misma publicación, lo hacen por separado: Cruz en la librería frente a las gradas de San Felipe y Miyar en la calle del Príncipe. A partir de entonces sus caminos se separan, por lo que hemos de suponer que el segundo periódico de librería publicado por Miyar, La Bibliografía Española, sea ya en solitario, aunque según Rodríguez Moñino, es “dificilísimo de encontrar” y desconozco si aún existen ejemplares.

La pertenencia a la Milicia Nacional implicaba una defensa activa de la Constitución mediante las armas. Antonio Miyar, como oficial de la misma, fue protagonista en alguno de los lances principales frente a los absolutistas, destacando su participación en los acontecimientos del 7 de julio de 1822 cuando los liberales vencen a los Guardias Reales sublevados en Madrid. Al frente de un grupo de cazadores de su compañía defendió la calle de Boteros, una de las entradas a la Plaza Mayor.

En 1823 continúa dando muestras de su liberalismo, siendo elegido regidor del Ayuntamiento de Madrid, en la última de las corporaciones constitucionales, antes de la invasión de España por los Cien Mil Hijos de San Luis, el 7 de abril de 1823. El ejército francés, encabezado por el Duque de Angulema, cruza el río Bidasoa, iniciando la campaña que habría de devolver a Fernando VII su poder absoluto. Su avance fue rápido y la resistencia mínima, fuera de la que Espoz y Mina opuso en Cataluña. Pronto llegaron las noticias a Madrid, decidiendo el Gobierno y las Cortes el traslado hacia Andalucía. El 10 de abril llegó la familia real a Sevilla y al día siguiente lo hizo la comisión permanente de las Cortes. El 19 de abril, Miyar escribe a Felipe de Soto:

[…] me reconviene con que no le escribo con más frecuencia y tiene razón, pero amigo mío el Ayuntamiento Constitucional, salidas de Madrid en persecución de facciosos guardias, enredos, etc., ni como ni bebo ni duermo ni descanso, el ejército francés en este momento llega hasta Burgos, por lo que, aunque está dada la orden para que la Milicia N. L. V. se disponga a salir hacia Sevilla, no tendrá nada de particular que yo en compañía de algunos buenos me presente a disposición de esa Diputación Provincial, si V. tiene proporción puede indicarles desde luego esta determinación.

No se llevó a efecto esta propuesta y cuando el 23 de mayo los franceses ocupan Madrid, Antonio Miyar se une, en calidad de ayudante, al escuadrón franco de José Fuminaya, incorporado el 4 de junio a la brigada militar de Toledo al mando del coronel Joaquín Herranz, cuyos efectivos eran 400 jinetes y 1.000 infantes. Durante el mes de junio combaten a los absolutistas y franceses en Almadén, Saceruela y Cabeza de Buey. Reducida la tropa por las bajas en combate y las muchas deserciones, se ordena a la brigada que se una a la división del general Ballesteros. Emprendiendo su marcha desde Campanario se dirigen a Horcajo de Santiago a través de los montes de Toledo, cuando apenas son ya más que 80 jinetes y 20 infantes fatigados y hostigados. El 26 de junio se ven sorprendidos en Cabeza Mesada por el 4º escuadrón de la Guardia Real francesa que los hace presos tras breve combate. Los prisioneros son encaminados para Francia, aunque Miyar, con algunos jefes, logra que se le autorice a pasar antes por Madrid.

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Antonio Miyar Otero.
Retrato: Antonio Brugada. Burdeos, 1827.
Archivo: Museo Basilio Sobrecueva.

En el exilio se relaciona con algunos de los principales liberales, como el general Espoz y Mina, el conde de Toreno, el abogado Salustiano Olózaga, el comerciante Bringas, Jaúregui, Chapalangarra, pero todos sus esfuerzos se encaminan a regresar a España, lo que logrará en 1826. Los años de exilio, su librería ha permanecido abierta, con su esposa Rufina Ortega al frente de la misma pasando grandes dificultades. A su regreso, Antonio Miyar dedicará todos sus esfuerzos a restablecer el negocio; así se lo dice a su amigo Benito de Llanos en noviembre de 1826: “amigo mío estoy trabajando de noche y día como un esclavo con el objeto de poder desempeñarme, lo cual espero conseguir teniendo salud, y aun algo más”. Pone en orden sus cuentas, publica las Reflexiones sobre la naturaleza de Sturm y hace planes para el futuro próximo pues le dice a Llanos que probablemente volverá a Francia. Así lo hizo, justo un año después escribe a Felipe de Soto lo siguiente:

Muy S.r mío: acabo de recibir su apreciable fecha 4 de octubre pasado, la he recibi[do] con atraso porque habiendo cerca de dos meses que he salido de Burdeos y habiendo estado en la Normandía después de mi llegada a ésta fue después de haber llegado de allí que su carta de Vmd. llegó a mis manos; celebro extraordinariamente su nuevo enlace y le doy la enhorabuena, mañana salgo a las 6 de ella para la Bélgica, a mi regreso si es que paso por Burdeos que en el momento no estoy decidido, aún cuando me detendré muy poco en aquella ciudad dejaré aquellas cosas perfectamente arregladas y concluidas, mientras tanto si no le es a Vmd. enteramente embarazoso me mandará Vmd. a aquel punto una letra de otros 4 ¿mil reales? bajo el sobre de M.r Fermín Remon pour remettre a M.r Miyar, los gastos indispensables de este viaje y las infinitas cosas que tengo que comprar al marchar a Madrid de útiles para montar un buen taller de encuadernación, de hacer papeles de mármol para la encuadernación, etc. de que esta cantidad me vendría bien al caso.

Debió ser en esta estancia en Burdeos, en el verano de 1827, cuando conoció a Goya y cuando el pintor Antonio Brugada realizó el hermoso retrato de su amigo y correligionario Antonio Miyar[vi].

En enero de 1828 se encuentra de nuevo en Madrid. En 1829 edita su último catálogo y mejora su negocio de librería con la compra en París de “todas las herramientas de encuadernación”. Incorpora también a un oficial francés y afirma que tiene por regente al hombre más docto en el ramo de la librería que hay en España. Se ofrece a su amigo Felipe de Soto para publicar las poesías de su fallecida esposa Luisa de Llanos y Noriega y escondiendo su nombre y primer apellido firma, como “A. M. Otero”, un librito titulado El preceptor filosófico, un manual de “máximas y reflexiones deducidas de las virtudes y deberes que el hombre debe ejercer en la sociedad” escrito “en obsequio de la juventud”. Hasta su muerte serán años de intensa actividad profesional con la edición de numerosas obras y proyectos de gran envergadura como la edición del Diccionario tecnológico de artes y oficios y de la economía industrial y comercial que su trágica muerte frustrará[vii].

Restablecido Fernando VII en su poder absoluto, en 1823 se inicia la última etapa de su reinado: la “década ominosa”. Estos postreros años constituirán para el rey un ejercicio de equilibrio en el poder, soportando pronunciamientos y conspiraciones, no sólo liberales sino también absolutistas, en las que serán las primeras manifestaciones del carlismo. La revolución que, en julio de 1830, estalla en Francia derrocando a Carlos X e instaurando una monarquía liberal en la persona de Luis Felipe, duque de Orleans, trajo esperanzas de libertad a los liberales españoles. En carta de 18 de septiembre de 1830, Antonio Miyar transmite a su amigo Benito de Llanos y Noriega las perspectivas que surgen:

En cuanto a noticias que quiere Vmd. que le diga, en mi concepto y sobre este particular lo que menos vale es lo que se sabe entre los profanos. Lo cierto es que la Francia acaba de hacer una revolución como no han visto los nacidos y su ejemplo [ha] de ser muy trascendental y así es que la Bélgica se ha sublevado contra los abusos haciendo sucumbir a la fuerza armada con las armas, estos accidentes fueron comunicados a la Holanda y por ultimo en Aquisgrán (Prusia) se repitieron las mismas escenas. Los infinitos españoles que se hallaban en Francia, Países Bajos, Inglaterra, etc. se han venido tras los Pirineos donde permanecen dando no poco que pensar.

Esta visión contrasta con el asombro que apenas seis meses después experimentará Astolphe de Custine al conocer las causas del martirio del librero: “He aquí su crimen tal como personas dignas de crédito me lo han contado: repetía a menudo que España necesitaba una constitución, ¡Y que ahora este país podía esperar conseguirla por la intervención de Francia!”.

Bien conocía el marqués la política de las autoridades francesas que, tras la expedición de Vera de Bidasoa, impiden toda ulterior sublevación pues Luis Felipe deseaba obtener el reconocimiento oficial del Gobierno español, como antes lo había obtenido de Inglaterra, Austria y Prusia. Otras razones que obstaculizaron la expansión de la revolución a España, fueron las terribles disputas internas de los revolucionarios, polarizadas en la figura del general Espoz y Mina, y la infiltración que la policía de Fernando VII mantenía en las organizaciones subversivas, utilizando las rivalidades entre facciones para desactivarlas en los momentos oportunos. La desarticulación de una de estas conspiraciones le costará la vida a Antonio Miyar.

El 16 de marzo de 1831, Calomarde, ministro de Gracia y Justicia, ordena la detención de un grupo de personas que componen “una reunión de revolucionarios que dirige otras del reino”, señalando como personas más influyentes al ingeniero Agustín Marco-Artu, a los hermanos Victoriano y José Torrecilla y al abogado Salustiano Olózaga. Al día siguiente se realizan sus arrestos, exceptuando el de Marco-Artu, que logra huir saltando por un balcón. Antonio Miyar, que se encontraba de visita en su domicilio en el momento del registro y sólo alcanza a esconderse, es detenido al ser descubierto en la inspección de la casa. También se requisa una carta hallada en el gabinete, aún húmeda y escrita en parte con tinta simpática.

El alcalde de Corte José Zorrilla, padre del famoso poeta, instruyó el sumario contra Antonio Miyar, verificándose el primer interrogatorio el día 23 de marzo. Preguntado por sus relaciones con Marco-Artu responde que :

Había tenido ocasión de conocerle hacía como dos años con motivo de una obra que dirigía como arquitecto enfrente de su casa: que mientras duró pasaba muchos ratos en su librería, y que después habiendo ido a la navegación del Tajo, le manifestó sus trabajos, con cuyo motivo creyéndole hombre de conocimientos le hizo ver un proyecto, que el declarante tenía de hacer venir de París la obra titulada Diccionario tecnológico de artes y oficios y de la economía industrial y comercial que se estaba publicando en aquella capital, de que el que declara tiene diez y ocho tomos y en ellos trescientas veinte láminas: que antes de decidirse trató con Marcoartu acerca de la utilidad de la obra, aconsejado de las ventajas que podía producirle se presentó a S. M. solicitando su beneplácito, quien se sirvió concedérselo, permitiéndole poner en la fachada de la obra el nombre de su Augusta esposa la Reina Ntra. Sra.; tomándola bajo su protección y mandando, que se despachase lo antes posible[viii].

Es acusado del delito de lesa majestad, por haber sido preso en el acto mismo de estar trabajando para la revolución contra los derechos del rey y del Estado, y se le adjudica la autoría de la carta requisada. El 7 de abril se celebra la vista pública. El realista José Arias Teijeiro, testigo presencial, escribe en su Diario:

Voy, así que dejo la casaca, a ver la causa de Miyar: ¡qué gentío inmenso!. Pierdo en el apretón el voto del Obispo, que llevaba, para Reina, de mi letra, con notas; buena incomodidad. Según las cartas cogidas en casa de Marco Artu la conspiración era terrible y general en toda España: los zapadores y tantos otros de Valladolid, Salamanca, Murcia, Cádiz, etc. complicados, pero había mucho miedo y egoísmo según se quejaban. ¡Qué lástima, y qué barbaridad de Zorrilla haber dejado huir a Marco Artu![ix].

El 31 de marzo de 1831, el fiscal solicita para Antonio Miyar la pena de horca y que tras la ejecución se le cuelgue del pecho un cartel donde se lea: “Por revolucionario”. Siete días después, el marqués Astolphe de Custine llega a Madrid. Quiso el azar transmitirnos los últimos momentos de la vida de Antonio Miyar gracias a la pluma de este aristócrata francés, famoso por sus crónicas de viajes[x].

El 11 de abril relata a su cuñado, el conde Alfred de Maussion, la ejecución de Antonio Miyar. Le dice que media hora antes de la señalada se llegó a la plaza de la Cebada, deteniéndose cerca del cadalso, que encuentra rodeado de gran número de soldados, demostración de la relevancia política del acto pues de ordinario el aparato militar no era desplegado en Madrid en semejantes ocasiones.

A las doce y media, un ruido de tambores anuncia la llegada del cortejo; algunos oficiales y dragones a caballo abren calle entre el pueblo. Miyar, vestido de blanco, va montado en un asno, sostenido por su confesor y socorrido aún por otro cura. En Madrid —dice Custine—, las ejecuciones son una ceremonia religiosa, pues el cura sanciona todos los actos del poder. Un hombre se vuelve hacia el marqués y le dice en francés, refiriéndose al reo: “¡No tiene miedo!”. Cuando el condenado hubo llegado a veinte pasos del patíbulo, Custine se aleja precipitadamente, preguntándose en voz baja si el gobierno de los monjes merecía semejantes sacrificios. Pronto el toque a muerto de las campanas le hizo saber que el suplicio de Antonio Miyar había terminado. Aún añade que Rufina Ortega, la esposa de Antonio Miyar, había intentado obtener el perdón de Fernando VII pero “si el indulto hubiese sido concedido, habría habido menos satisfechos que descontentos”.

Una pregunta resulta inevitable: ¿Estaba Antonio Miyar implicado en la conspiración que le llevó a la muerte? Pascual Madoz nos traslada las palabras del principal protagonista, Agustín Marco-Artu y Acha:

El desgraciado Miyar fue víctima de la casual presentación en mi casa; el desgraciado Miyar no trajo otro objeto que el que declaró ante el Tribunal; el desgraciado Miyar no tenía la menor intención en la conjuración, ni estaba en trabajos, ni era individuo de la comisión central; el desgraciado Miyar no tomó la pluma; la carta fatal era toda mía, Miyar fue asesinado[xi].

Aunque la situación en que se detuvo a Miyar era la más sospechosa posible, entre los muchos papeles requisados a los implicados en la conspiración no apareció su nombre, ni se pudo colegir de ninguno de los apodos empleados y nada de lo conocido permite aventurar su participación en la trama, aunque ciertas expresiones que figuran en tres cartas dirigidas a Felipe de Soto Posada, muevan a pensar que de algún modo tenía conocimiento, siquiera superficial, de los preparativos de un pronunciamiento. El 1.º de enero de 1831 escribe: “Amigo mío: sin embargo de que esto está tranquilo, a lo menos en apariencia, yo creo que estén muy próximos acontecimientos de mucha consecuencia, mas a saber qué desenlace puedan tener”. En otra carta de fecha 22 del mismo mes leemos: “Grandes y prontos acontecimientos se presentan”. Por último en otra fechada el 9 de febrero dice: “Los asuntos políticos presentan un aspecto imponente tanto más cuando no se ve clara y terminantemente su desenlace”.

Sea como fuere, el fiscal no pudo presentar pruebas concluyentes contra Miyar y sólo conjeturas le arrastraron al patíbulo. Madoz afirma que “era preciso que se sacrificara una víctima, y D. Antonio Miyar debía ser el primer inmolado al furor del partido de aquel aciago periodo” y añade que la ejecución de la sentencia no fue un acto solemne de justicia, sino un asesinato cometido con formas jurídicas e imponentes, el asesinato jurídico del librero Miyar[xii].

Antonio Miyar vivió y luchó para ejercer los derechos del hombre emanados de la revolución francesa. Para ser ciudadano y no súbdito de reyes absolutos y lo hizo como patriota ilustrado y comprometido que puso su vida y oficio al servicio del ideario liberal, compartido con toda una generación de hombres que, como él, dieron su vida por el progreso político y social de España, pues inagotable es la nómina de mártires del liberalismo español en el siglo diecinueve.

Como librero y editor hizo gala de su pensamiento progresista introduciendo en España las nuevas ideas, imprimiéndolas o poniéndolas a disposición del público en su librería. En el catálogo de sus publicaciones encontramos obras de carácter filosófico, pedagógico, educativo y tecnológico con las que aspiró a modernizar España, superando el atraso de siglos. Cuando muere, está ultimando la edición del Diccionario tecnológico de artes y oficios y publicando El propagador de conocimientos útiles de José Luis Casaseca.

Víctima de las convulsiones políticas del primer tercio del siglo XIX, Miyar no pudo desarrollar una labor continuada al frente de su librería pero en apenas una década efectiva se labró la más alta reputación, fruto de su capacidad e iniciativa y del amor a la profesión de un librero al servicio de la regeneración de su patria, en uno de los momentos más lúgubres de la historia de España.

 Francisco José Pantín Fernández

Artículo publicado en: Pantín Fernández, Francisco José & Meneses Fernández-Baldor, María del Carmen, Hombres y Mujeres de Abamia, Corao, Asociación Cultural Abamia – Excmo. Ayuntamiento de Cangas de Onís, 2012, pp. 71-82.

[i] Cucalón y Escolano, Luis, Panteón de los mártires españoles sacrificados por la libertad e independencia, Madrid : [s.n.], 1848-1849 (Imprenta de E. Tamarit), tomo III, p. 319.

[ii] Muy probablemente, Restituto de la Cruz.

[iii] Archivo privado. No se detalla la correspondencia.

[iv] Pantín Fernández, Francisco José, “La Bibliografía nacional y estrangera de Antonio Miyar : un instrumento bibliográfico al servicio del progreso de España”, en Aabadom, Boletín de la Asociación Asturiana de Bibliotecarios, Archiveros, Documentalistas y Museólogos. ISSN 1131-6764. Oviedo, año XII, nº 2 / 2 (junio-diciembre 2001), pp. 18-25.

[v] Rodríguez Moñino, Antonio, Historia de los Catálogos de Librería Españoles (1661-1840): Estudio bibliográfico. Madrid, 1966, 2ª ed., p. 82.

[vi] Inspirado en el famoso retrato de Chateaubriand pintado por Anne-Louis Girodet, como señala Emilio Marcos Vallaure. Vid. Crabiffose Cuesta, Francisco, Marcos Vallaure, Emilio, Abol-Brasón y Álvarez Tamargo, Manuel de, Alejandro Mon : hacienda y política en la España isabelina, [Oviedo] : Museo de Bellas Artes de Asturias, 2003 (Xixón : Mercantil Asturias), pp. 103-106.

[vii] Se trata del Dictionnaire technologique ou nouveau dictionnaire universel des arts et métiers, et de l’économie industrielle et commerciale par une société de savans et d’artistes, publicado en París desde el año 1822 bajo la dirección de Louis-Benjamin Francoeur. Su edición por Miyar había sido autorizada en diciembre de 1830.

[viii] Madoz Ibañez, Pascual, “Causa contra D. Antonio Miyar”, en Colección de las causas mas célebres, los mejores modelos de alegatos, acusaciones fiscales interrogatorios y defensas, en lo civil y criminal del foro francés, inglés español : parte española / por una sociedad literaria de amigos colaboradores, Barcelona, [s.n.], 1837-1848 (Imprenta de Ignacio Estivill), p. 186.

[ix] Arias Teijeiro, José. Diarios, 1828-1831. Edición de A.M. Berazaluce. Pamplona: Universidad de Navarra. 1966-1967.

[x] Custine, Marquis de, L’Espagne sous Ferdinand VII, París, chez Ladvocat, 1838, tomo I, pp. 221-227.

[xi] Madoz, Colección de las causas, pp. 379-380.

[xii] Su sobrino y heredero Benito Miyar, escribió el 20 de noviembre de 1840 una carta a su tocayo Benito de Llanos donde dice: Un día de estos van a sacar las cenizas del tío y de Riego y sus compañeros, para depositarlas en San Isidro el Real, y desde allí depositarlas en un monumento que están haciendo en la plazuela de la Cebada en el mismo sitio donde han sido injusticiados (que así lo llamo yo).