Dos relatos de la emigración, y una reseña biográfica, de Antonio Blanco Fernández

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La emigración, una huida de las míseras condiciones de vida a las que el terruño natal abocaba a amplias capas de población, permitió que muchos de nuestros compatriotas, libres de las cadenas de la pobreza, pudiesen ampliar conocimientos, demostrar su valía en el mundo y desarrollar personalidades que no por desconocidas en sus lugares de nacimiento dejaron de ser relevantes y ensalzadas en sus tierras de adopción. Podría hacerse una extensa relación de los emigrantes que partiendo de este concejo supieron labrarse una vida fecunda gracias a su esfuerzo y capacidad. Uno de ellos fue Antonio Blanco Fernández; emigró a Puerto Rico y allí se consagró a las letras y al comercio.

Francisco Antonio Blanco Fernández, que tal era su nombre completo, nació en Narciandi (Cangas de Onís) el 13 de agosto de 1877. Era hijo de Fernando Blanco Soto, natural del mismo lugar, y de Ramona Fernández Juncos (la inscripción del Registro Civil de Cangas de Onís anota como segundo apellido Junco), natural de Tresmonte en el vecino concejo de Ribadesella, hermana de Francisco y Manuel Fernández Juncos[i], riosellanos afincados en la isla borinqueña y este último afamado e influyente publicista y hombre de letras, y media hermana de Ramón y Graciano Fernández Ruisánchez, también emigrantes en Puerto Rico. Era nieto por línea paterna de Fernando Blanco Labra, de Narciandi, y María Antonia Soto Sarro, de Corao Castiellu[ii]; y por línea materna de Ramón Fernández González, de Tresmonte, y María Juncos Pando, de Nocéu, lugares ambos de la parroquia de Moro (Ribadesella).

Es el propio Antonio Blanco quien nos dice en un artículo titulado “¡Hogar…!”, publicado en La República Española de Puerto Rico[iii], que partió hacia tierras americanas a la edad de trece años (en realidad ya había cumplido los quince, pues llegó a la isla en octubre de 1892[iv]) siguiendo la estela de Manuel y Ramón, dos hermanos suyos que habían emigrado unos años antes. Hacía muy poco tiempo que había fallecido su madre y dejaba al partir a un padre lloroso junto al viejo puente de la villa, mientras él, también con el rostro bañado en lágrimas, le decía adiós desde la portezuela de la pesada diligencia tirada por seis mulas. No volvería a verle.

Es la penuria del hogar la que obliga al éxodo, al abandono de los seres más queridos, como escribirá años más tarde en “El verdadero patriotismo”, un relato incluido en su libro Memorias de un indiano. El emigrante –afirma Blanco‒sale de la aldea que lo vio nacer cuando apenas sabe escribir su nombre aunque el maestro, que vive casi siempre la vida misérrima, dice a los padres que “el rapaz ya lee de corrido, escribe, suma, resta, multiplica y divide medianamente bien. En fin, puede volar…” Los ínfimos conocimientos que los emigrantes habían adquirido, su ignorancia en suma, les llevan a empleos ordinarios, como “el de dependiente en las tiendas de comestibles al por menor, establecimientos que se abren al ser de día y que suelen cerrarse a media noche” y Blanco se pregunta: “qué ánimo ni qué tiempo les quedará a estos infelices para coger un libro que instruya o deleite sus espíritus acerca de lo que son las cosas fuera de aquel ambiente, donde no batió nunca sus alas la poesía?”[v].

Antonio Blanco Fernández, que como ellos carecía de otros estudios que no fuesen las escasas lecciones recibidas en la escuela, cuando la había, tuvo que batallar rudo y “a fuerza de ímprobos trabajos y desvelos” logró una buena posición comercial. Sin embargo, su camino, aunque arduo, fue algo más cómodo que el de otros que no tuvieron la fortuna de encontrar en América a tíos y hermanos ya establecidos. Aún así pasó sus primeros seis meses de vida laboral sin salir a la calle como empleado de la tienda de comestibles y géneros de punto de la Hacienda Josefina, propiedad de Gerónimo Landrau, sita en la localidad de Río Piedras (donde su tío Francisco, comerciante de provisiones, tenía una fábrica de licores en sociedad con Heraclio Ortega); en ella trabajó tres años, transcurridos los cuales solicitó su traslado a San Juan, capital de Puerto Rico, colocándose en Las Dos Antillas, propiedad del rico fabricante español de tabacos José Rodríguez Fuentes, agitada experiencia vital que narra en dos de sus artículos: “La onza de oro” y “A la cárcel”. Aconsejado por Manuel Fernández Juncos ajustó sus cuentas con esta sociedad y pasó a vivir en la casa de su tío donde disfrutó de los primeros seis meses de asueto desde su llegada a Puerto Rico, que empleó asistiendo a conferencias, conciertos, representaciones teatrales e incluso a alguna actuación del afamado Circo Pubillones.

Al cabo de ese tiempo pidió a su tío que le buscase una colocación; mientras tanto éste le dijo que se pusiera a las órdenes del redactor jefe de El Buscapié, semanario del que era propietario. Inició así su carrera periodística y su gran afición a las “letras de molde” mucho más fuerte y preferida que a las “letras de cambio”:

El olor de la tinta de imprenta, me enfermó de este afán de escribir, y escribir siempre, sin otros provechosos resultados que el vivir en un perenne anhelo por consagrar las horas al grato perfume de los recuerdos; decir la verdad de lo que siento y lo que veo; y lo que la intuición me reveló, sin haberlo aprendido en parte alguna[vi].

Sin embargo, esta afición debería esperar su turno teniendo que emplearse en uno de los más importantes establecimientos de víveres al por menor, vulgarmente llamados bodegones o pulperías, de Río Piedras, con “torturantes jornadas” desde las seis de la mañana hasta la diez u once de la noche, convertido en “un esclavo, en la más amplia acepción de la palabra”, según él mismo escribe. Extenuado cae enfermo y, casi tísico, recurre a su tío Francisco con el que pasará a trabajar una vez repuesto, hasta su alistamiento en el ejército para luchar contra la invasión de la isla por los norteamericanos; empleo que retomará luego, tras la pronta capitulación de los puertorriqueños, consagrándose a las actividades comerciales e industriales y a partir del año 1914 también a los ramos de agencias y comisiones[vii]. Fue propietario de una fábrica de licores en la calle de Tetuán número 43, en San Juan de Puerto Rico, contigua a la cual abrió un salón café[viii]; vicepresidente del Centro de Detallistas de San Juan de Puerto Rico[ix]; secretario de la Liga de Licoristas de San Juan y socio de Sucesores de F. Juncos y Compañía, sociedad mercantil constituida en el año 1909 para dedicarse a la fabricación de licores, importación y venta de provisiones, compraventa de frutos del país y en general con cuanto estuviese relacionado. Antonio Blanco Fernández y José Fernández Pérez eran los socios gestores y los comanditarios: María de la Concepción y Armando Fernández del Llano[x].

Apenas unas semanas después de la constitución de esta sociedad, Antonio y su prima María de la Concepción[xi] contrajeron matrimonio en San Juan de Puerto Rico. Serán padres de Francisco Antonio, José Manuel y María Josefina Blanco Fernández[xii]. Con anterioridad, Antonio Blanco Fernández había estado casado con Belén Mendía Morales, su primera esposa, que pronto le dejó viudo[xiii].

Antonio Blanco Fernández se incorpora a la masonería donde sus tíos Manuel y Francisco alcanzaron altos grados. El primero, de nombre simbólico “Demóstenes”, accederá al grado 32º, el penúltimo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y será nombrado venerable honorario de la logia Palafox 174, creada por el Gran Oriente Español en 1893 y germen del Consejo Regional de Puerto Rico. Logia de la que será venerable maestro, en el año 1899, Francisco Fernández Juncos, simbólico “Covadonga”. También pertenecieron a esta logia otros dos riosellanos, Ramón y Graciano Fernández Ruisánchez, medio hermanos de aquellos. Antonio Blanco, simbólico “Onís”, formó parte de esta misma logia en la que actuó como orador en la tenida fúnebre en honor del venerable maestro José Ordóñez cerrando el acto con un discurso en el que trazó a grandes rasgos el altruismo del doctor, relatando un hecho que lo colocó dentro de las condiciones simbólicas que la institución masónica exige a sus miembros: “Asistía a una enferma, cuya pobre existencia languidecía en dolorosa postración, por la ausencia de suficientes glóbulos rojos que vigorizaran su organismo empobrecido. El Dr. Ordóñez, sin medir el resultado ni vacilar ante las consecuencias que a su propio organismo podría traer, procedió a la transfusión de la sangre, abriéndose una herida en sus venas y llevando aquella linfa roja al organismo extenuado por cruel dolencia, salvando así la vida de aquel semejante condenada a una muerte segura”[xiv]. En 1911, Blanco se dio de baja en la logia Palafox 174, de la que llegó a ser venerable maestro, para incorporarse a la logia Lanuza 39, a la que también había pasado su tío Francisco.[xv]

Escritor

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Antonio Blanco Fernández, fotografía publicada en La Correspondencia de Puerto Rico el día 30 de agosto de 1908.

El poeta modernista puertorriqueño Antonio Nicolás Blanco, en su breve prólogo a Memorias de un indiano, dice que su tocayo Blanco Fernández aunque “vio los primeros rayos de luz en las encantadoras regiones de Asturias, no es menos cierto que entre nosotros [en Puerto Rico] floreció su juventud y aquí, en este peñón isleño, amoldó y acrisoló su espíritu, bebiendo románticos ensueños en la llanura azul de nuestro cielo, brindándole a su vez al corazón de nuestra tierra, sus íntimos y nobles sentimientos, quien como él ha sabido compartir nuestras hondas inquietudes y nuestras breves alegrías”.

En el certamen literario organizado por El Ateneo Puertorriqueño con motivo del Cuarto Centenario de la Colonización Cristiana en Puerto Rico celebrado en San Juan el 12 de agosto de 1908, Antonio Blanco logra el primer premio, medalla de oro, con su cuento “Alma Puertorriqueña”. La prensa destaca, con este motivo, la “exquisita sensibilidad y una galanura de lenguaje que seduce y encanta. En todos [sus trabajos] hay un fondo delicado y una forma irreprochable; en todos se habla de cosas amables y placenteras, y se habla bien, con una hermosura que deleita los sentidos como rumores de frondas en espléndida mañana”[xvi]. Dice el periodista Pedro Sierra, en una ampulosa reseña publicada en La Correspondencia de Puerto Rico[xvii], que es el primer empeño literario de un autor que ejerció como periodista profesional en ocasiones y como colaborador, con observaciones y estudios “en sus ratos de asueto”, en periódicos y revistas como Puerto Rico Comercial, órgano de la Cámara de Comercio de Puerto Rico; en La Correspondencia de Puerto Rico, diario del que también fue corresponsal en Nueva York y redactor jefe desde 1928 a 1929; en El Mundo, en los años 1919 y 1920; en El Imparcial, del que fue administrador en los años 1921 y 1922; y colaborador ocasional de La Democracia, El Tiempo, El Día, todos ellos de Ponce, y Comercio, en la capital del país[xviii]. Otras publicaciones, como La República Española, Ibérico, Revista ilustrada de Literaturay La Gaceta ilustrada, también imprimieron sus escritos. Además, fue tesorero de la Asociación de Autores y Artistas, fundada en 1906 por su tío Manuel Fernández Juncos, José E. Levis y otros artistas y escritores[xix].

En 1908, Blanco publica “Alma puertorriqueña” en el libro titulado Del Certamen, en colaboración con el poeta Cristóbal Real que imprime sus versos también premiados[xx]. Cuatro años después, Blanco y su tío Manuel Fernández Juncos serán incluidos, junto a otros autores como Mariano Abril y Ostaló, Jorge Adsuar Boneta o Juan Braschi, en la primera antología del cuento puertorriqueño publicada en el siglo XX: Florilegio de cuentos puertorriqueños de Carlos N. Carreras[xxi].

Su cuento “Desde la trinchera”, donde narra su participación en la batalla del peñón del Asomante acaecida durante la invasión estadounidense de la isla de Puerto Rico en el año 1898, fue publicado en la antología Plumas amigas : compilación de trabajos en prosa y verso de miembros de la Sociedad de Escritores y Artistas de Puerto Rico[xxii]. Antonio Blanco Fernández tomó parte en la Guerra Hispanoamericana como voluntario del Batallón 6º Provisional y escribió sobre algunas de las vicisitudes padecidas en relatos que figuran impresos en Memorias de un indiano (“¡Iban a fusilarme!” y “El último cañonazo en Aibonito”) y España y Puerto Rico : 18201930 (“Lista de Rancho y el capitán Aguado”, “Los huevos de Barranquitas”, “El milagro de Las Cruces” y “La entrega del mando”).

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Antonio Blanco Fernández, fotografía publicada en Memorias de un indiano.

Memorias de un indiano es un libro de carácter misceláneo que reúne artículos de prensa sobre su obra “Alma puertorriqueña”, también impresa, el poema titulado “Los ruiseñores” y amenos relatos que nos narran episodios de la vida del autor. En él se citan dos obras inéditas en 1922, Problemas emigratorios y Por qué perdimos las colonias, que no parece hayan sido publicadas. Por el contrario, en 1930, ve la luz un nuevo libro: España y Puerto Rico : 18201930, de consulta imposible en nuestro país y que he podido leer gracias a la amabilidad de José Luis Prieto Fernández, familiar de Antonio Blanco.

Este libro está dividido en tres partes: narraciones históricas sobre Puerto Rico y Nueva York entre los años 1892 y 1930, que refieren casos y hechos por él observados en dichos lugares; una segunda, dedicada a las principales instituciones españolas y puertorriqueñas de auxilio mutuo, beneficencia, cívicas, sociales, culturales y de fomento, y a la prensa periódica; y por último, otra que se ocupa del comercio e industrias de Puerto Rico desde 1820 al 1930. Su autor nos ofrece la explicación y motivos del mismo: “bullía en mi mente la idea… de trazar un esbozo general en relación con la historia de las instituciones mercantiles, industriales, de la Banca, compañías navieras, y sociedades culturales, cívicas, sociales y de beneficencia, exclusivamente de esta capital”. El libro fue el resultado de un estudio continuado sobre “el desenvolvimiento gradual y progresivo de las finanzas del País, así como el de los factores principales que las impulsaron o las impulsan y sostienen todavía con tesonera voluntad, con afanes muy permanentes y en extremo laudatorios de dejar en toda ocasión a alturas preeminentes, el crédito y el prestigio ejemplares de que disfruta en los mercados del exterior, la vida financiera de Puerto Rico”.

En el mes de mayo de 1932 Antonio Blanco viajó a España “en busca de salud”, acompañado de su hijo José Manuel[xxiii]. Sabemos que estuvo en Asturias, aunque ignoro toda noticia concreta sobre su presencia en el concejo de Cangas de Onís que indudablemente debió visitar, por razones obvias. La impresión de su cuento “Una cabeza rota y cinco horas de calabozo”, en el último número de dicho año del semanario cangués El Popular, así lo sugiere[xxiv].

Trazado el esbozo biográfico de Antonio Blanco Fernández, creo más interesante la aproximación a su figura mediante la publicación de un par de relatos suyos que hablan de la penosa y endémica experiencia de la emigración padecida por tantos cangueses, de ayer y de hoy.

La Asturias que pasa…

Por la pintoresca aldea de Narciandi circulaban enormes cartelones de colores vivísimos, anunciando las insuperables cualidades de una Compañía de Vapores Trasatlánticos.

En varias esquinas y paredes y en los añosos nogales y cerezos que sombrean la inolvidable aldea donde nací, había pegados algunos de los mismos anuncios, de cuyo fondo destacábase el dibujo de uno de los trasatlánticos que hacían la ruta entre Santander y La Habana, con escalas en La Coruña y Puerto Rico.

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Anuncio de La Moda publicado en El Auseva en el año 1892.

En tercer término del mencionado anuncio, leíase el siguiente sugestivo reclamo:

“Gran Compañía de Vapores Trasatlánticos. Viajes rápidos y seguros. Se facilitan documentos e instrucciones, gratis. Pasajes económicos y a plazos…. Y en primer término: Agentes de Emigración, J. R., Cangas de Onís, Calle de Pelayo.”[xxv]

La cosecha era escasa en aquel año. Los continuos granizos y los duros azotes de frecuentes vendavales, no habían dejado prosperar la sementera ni los plantíos frutales que tanto abundan por aquella encantadora región…

Con tal motivo, los dueños de la mayor y mejor parte del terreno que rotura y fecundiza, sin cesar, el laborioso y dócil aldeano, estaban en extremo descontentos…

El ganado a comuña, enflaquecía y mermaba considerablemente, debido a la escasez de forrajes y a la inclemencia de los tiempos… ¿De quién era la culpa? Eso ya queda explicado; pero los amosno se disponían a entrar en pérdidas ni en razones y… la soga se rompió por donde se rompe siempre…

Algunos propietarios buscaron enseguida nuevos trabajadores para dedicarlos a las rudas faenas del campo creyendo obtener, con el injusto cambio, mejores beneficios de la tierra ya cansada de tanto producir… y, al efecto, hicieron a los nuevos labriegos pronta entrega de heredades, de casas de vivienda, de montes, molinos y ganados; todo por una renta exagerada. Y, para aquellos que desde niños habían adelantado considerablemente el capital del rico, no hubo desde entonces otra conmiseración que la fría indiferencia con que se mira siempre al fracasado…

La aldea, en masa protestó indignada de la inhumana actitud de aquellos despreciables señoresque vivían en la villa como príncipes, a costa del sudor de los que luchan toda su vida sobre el surco, para obtener el pan… a medias.

Las sufridas familias despojadas del mismo hogar que les viera nacer, fuéronse agregando a los vecinos mejor acomodados, por no pasar la vergüenza de ir a limosnear por calles, plazas y merenderos…

Los cartelones que anunciaban pasajes baratos para América habían soportado los rigores del invierno, sin que el contacto del hielo ni la tenaz ventisca arrebataran sus vívidos colores, y seguían fijos en las paredes y los árboles, invitando a emigrar… Aquel hermoso Steamer, ofrecía sus inmensas bodegas (¡qué consuelo!) a los infelices irredentos. Y, el anchuroso mar, dilatado sendero por donde sale para el otro mundo lo mejor de España, a pesar de sus glaucas embravecidas olas, ansiosas siempre de llegar a la cubierta de los buques, cual piratas en el momento de abordaje, trocóse de improviso, en risueña, salvadora esperanza de las víctimas…

La alegre estación primaveral, traspasaba espléndida y majestuosa los umbrales del alcázar de nieve, “rasgando nubes y mostrando soles” que doraban el florido pensil de aquella arcadia exuberante.

Un domingo, al despuntar la aurora, varios timoratos aldeanos fueron reuniéndose en un recodo de la calzada pedregosa que limita con la enarenada carretera vecina. Iban a misa de alba a la iglesia de Santa María de Cangas… El sol enviaba a la tierra su primera caricia, en una ola de luz tibia y benéfica. Ruiseñores y mirlos, calandrias, jilgueros y malvises modulaban sus trinos y gorjeos siempre reidores e infinitamente cadenciosos, meciéndose a su vez en las frágiles ramas de la umbrosa arboleda que bordea el cristalino Güeña, cuyas linfas reflejaban el cielo puro y límpido… Los valles y ribazos sonreían mostrando sus alfombras de encantados matices.

Sico el de Labra, hombre de acción, de envidiable prestigio entre sus gentes y nada común inteligencia, dirigió la palabra en tono épico, a sus allí reunidos compueblanos:

“Amigos y compañeros de infortunios: Esta situación criminosa que hace tiempo atravesamos, no debe continuar de esta manera. Yo decididamente me voy por esos mundos a probar fortuna, porque aquí ya no pueden vivir más que amos y esclavos… ¿Veis ese vapor –señalando con la tostada y vigorosa diestra hacia un anuncio que allí había adherido a un ramoso y secular castaño‒cómo se aleja de la playa mar adentro, repleto de infelices emigrantes que, al igual que nosotros no pudieron soportar la opresión de sus amosni las gabelas que la Ley, muchas veces injusta, impone a los pobres?… Pues nosotros debemos seguir el mismo derrotero… Yo he oído decir a los indianosque por esta su tierra natal vienen de año en año a solazarse y descansar que para los españoles pobres y trabajadores, no hay mejor país que América… Siquiera allí se reconocen y estiman en lo que valen los derechos y méritos del hombre… y, hay de sobra elementos de vida. Aquí, ni una cosa ni la otra. ¿Qué esperamos, pues?…”

Los aldeanos que escucharon, sorprendidos, aquella especie de alocución, en momentos verdaderamente difíciles para ellos, callaron por breves instantes.

Sico de Labra, después de terminar su discurso seguía interrogando al auditorio, con mirada sugestiva y ordenadora de hombre de fe y voluntad de hierro.

“Primero a misa” –objetó uno de los oyentes‒.

“¡No señor!… respondió Labra, con tranquila firmeza. El señor cura es también propietario, y tan hipócrita y rastrero, que, después de hacernos andar tras él una semana justa, en ridículas e ineficientes rogativas, fue el iniciador de la idea perversa por la cual estamos todos, los aquí presentes y varios más del contorno, a la voluntad de Dios, sin más techo que el cielo ni otra cosa que comer más que el mendrugo amargo que nos dan, de limosna, en casa ajena… Aquel tristemente célebre, don Opas, que peleó a favor de los moros y en contra de nuestros abuelos, el apóstata prelado, dos veces traidor a su Dios y a su Patria, aún tiene aquí en Asturias, imitadores sacrílegos.” Primero asegurar un porvenir o siquiera el pan de nuestros hijos que, andando el tiempo, podrían morirse de hambre… No hemos de permitir que se repita la historia… Esto es nuestro deber como padres solícitos y como hombres…

¡Vámonos todos a la Agencia de la Compañía de Vapores! Hagamos la travesía, aunque sea en la misma carbonera de los barcos, si no podemos ir mejor; pero embarquémonos sin pérdida de tiempo, antes que nos abata la miseria.

¡A América! ¡A América todos, que aquella tierra dicen que es la verdadera tierra de promisión!

¡Adiós, breñas del norte; bosques de Zardón.

Escapa, Cuana[xxvi], Lagos y Peña Santa… ¡Monte Orandi y Covadonga… adiós!

Y que volvamos pronto a nuestro lar querido, con dineros de sobra para humillar a los caciques y redimir a los esclavos…

¡Salve América!… ¡Tu eres la única esperanza de los pobres!”[xxvii]

Por la ruta de América

‒¿Sabéis lo que es un camarote de “tercera ordinaria”?

Pues algo así como una habitación de octava clase en el infierno.

A la bodega de proa bajamos todos los rapazuelos a acomodarnos en nuestras “literas” respectivas. A mí tócame un “segundo piso”. A la cabecera de mi lecho de mugrienta lona, coloco la maleta, y sobre ella la bufanda que me regalara mi querida hermana María en el instante mismo de separarnos quizás para siempre.

Empiezo a repetir las lentejas que nos han dado esta tarde y me acuerdo otra vez de la historia sagrada.

¡Qué poco vale un plato de lentejas!…

Y si el recipiente es de latón..

* * *

Hace dos noches justamente que no duermo. No; porque eso de ir dormitando en el tren, desde la estación de Infiesto, y pasar, rasca que rasca, la noche en una posada de Gijón, espantando alimañas, es, como aquel que dice, un pasatiempo.

El sueño va rindiendo mi apesadumbrado espíritu. A la materia domínala el cansancio excesivo del ajetreo del viaje.

Tanteo el cinturón “hueco” que llevo debajo de la camisa, bien adosado a la barriga, y el tenue sonido de unas cuantas pesetas, que mi buen padre metiera en aquel sitio, para que no me roben, déjame satisfecho.

¡A dormir!…

* * *

Son las tres de la madrugada. En la sombría oquedad de la bodega, que parece un burdel, brillan de modo macilento y tétrico algunos farolitos, que suelen balancearse a compás de los movimientos del vapor.

Si no me lo impidiera el sereno, me iría a la cubierta, a respirar un poco de aire puro; porque este desdichado hacinamiento de sudorosa y pestilente carne humana, me ha producido náuseas. Y no es solo el tufillo que emana de los que duermen por aquí, roncando como cerdos; es que el barco no huele a rosas tampoco…

Siento una repugnancia irresistible, y las malditas lentejas, el plato bíblico, no me bajan del gaznate ni la historia sagrada del caletre.

* * *

‒¡A ver!… ¿Dónde va usted? –me interroga el sereno.

‒Unos minutos; un instante nada más, a cubierta. Estoy mareado. Me siento muy mal, muy mal!… Si fuera usted tan bondadoso que…

‒Anda, anda; pero vuelve enseguida; mira que está prohibido.

‒Corriente. No tema usted, que le haga quedar mal. ¡Dios se lo pague!

Este sereno es un hombre de bien. Si yo llevara mucho dinero en el cinto, le regalaba medio duro. ¡Medio duro nada más! Eso es muy poco. En fin, cuando vuelva de Puerto Rico, si acaso tropiezo con él, ajustaremos cuentas. [Nota: Va a hacer de esto, 30 años.]

* * *

Ya respiro libremente. Mis pulmones se llenan de gran cantidad de yodo.

La luz de los faroles, que brillan como enormes rubíes en los extremos laterales de las cofas, riela trémulamente sobre la inquieta superficie del mar.

¡Qué bien me encuentro aquí! Y eso que no voy sentado, como los de primera, sobre una mecedora. Pero estoy bien a mi gusto sobre un rollo de gruesos cabos, que descansan al pie del mástil de proa. Todavía huele a brea… Mas, la brisa purificadora de este ambiente, irá anulando, poco a poco, las bascas del mareo. Quiera Dios que no vuelva el sereno, hasta mañana.

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Vapor Reina María Cristina, de la Compañía Trasatlántica.

Cerca aúlla un infeliz, como si padeciese de tos ferina. Aún no le ha pasado el mareo.

Estoy muy callandito.

El recio costillaje del Reina María Cristina cruje como si le oprimiera una prensa de triturar manzanas.

¡Qué fuertes y temibles son estas montañas de agua!

Después que chocan en los costados del buque, revientan de ira y se deshacen en espumarajos, que luego se alejan, mar adentro, retorciéndose, nerviosos, como si padecieran espasmos de placer o de dolor. Y vuelven otra vez, con más ímpetu, si cabe, a atacar al intruso navío, que va hendiendo el Atlante, gallardo, majestuoso, cual gigante invencible.

A veces, el monstruo asoma la cabeza por la borda. Sacude la melena, como fiero león; amenaza, y cono el que no logra su criminal intento, confórmase con escupir sobre cubierta. Me salpica, a ratos, pero… “el agua no mancha”, y aquí, de cualquier modo, estoy mejor, mucho mejor, que en la bodega…

* * *

En el cielo brillan millones de diamantes. El oro de estos soles de otoño, irradia sus fulgores sobre la inmensidad del Océano.

¡Qué espectáculo hermoso!…

* * *

‒¿Duermes? –interroga el sereno.

‒Quiá, no señor. Estoy más despierto que nunca. Mire usted qué noche tan bonita.

‒Pues debes irte al camarote.

‒Hombre; si por mi gusto fuera… no me iría. Aquel ambiente es muy pastoso.

‒Ya lo sé. ¿Tienes por ahí algo que fumar?

‒No; pero hay con qué comprarlo.

‒La cantina está cerrada ya.

‒Yo tengo un compañero allá abajo, que lleva muy buenos “puros”.

‒¡Andando!… Búscame uno, “u” dos.

‒En seguidita.

A bordo, habiendo “perras” o tabaco, se arreglan las cosas fácilmente.

¡Este sereno vale un mundo!

* * *

Creo que he dormido un buen rato, porque ya me huele a “cocina económica”.

¿Habrá hoy lentejas, también?…

Es el café, un café chirle, que tiene tanto de Yauco como yo de turco.

El pasaje comienza a despertar y va subiendo como las hormigas cuando se arroja chorros de agua hirviendo, por los zaquizamíes donde pasó la noche sin dormir.

Algunos muchachos vánse aproximando a la cocina con sus recipientes de lata, a solicitar su parte de “café”. Alguien apura este brebaje con supremo deleite. Yo no hago más que olerlo y lo echo al mar. En la maleta hay un excelente queso de Cabrales y en la cantina un pan francés que sabe a “gloria derretía”, como exclama un andaluz, compañero de aventuras.

Diez días, más o menos, se pasan como quiera; el caso es no morirse de hambre.

Hoy no habrá lentejas, pero hay un arroz blanco con carne de buey viejo, que… hará estragos…

¡Esto es atroz![xxviii]

* * *

Los cuentos de Antonio Blanco Fernández, de marcado carácter autobiográfico, nos aproximan a la persona y al escritor que fue; son historias de un joven emigrante que pudo y supo iniciar una nueva vida en la isla de Puerto Rico elevándose sobre la pobreza, no solo de su humilde cuna sino también de la patria que lo vio nacer, una España que en los años finales del siglo XIX y principios del XX no ofrecía a los nacidos campesinos más que una elección: miseria o emigración.

Francisco José Pantín Fernández

Artículo publicado, sin las notas, en: Fiestas de San Antoniu, Cangas de Onís, Sociedad de Festejos, 2019, pp. 187-196.

Notas

[i] Alonso Mier, María Eugenia, “Breves notas bio-bibliográficas sobre Manuel Fernández Juncos”, en Actas del II Congreso de Bibliografía Asturiana : celebrado en Oviedo, del 21 al 24 de abril de 1999, [Oviedo], Consejería de Educación y Cultura, 1999, vol. 1, pp. 65-69.

[ii] Trespando Corredera, José Manuel, Padrones de Hidalguía del concejo de Cangas de Onís, Corao, Asociación Cultural Abamia, 2009, pp. 302, 364 y 483.

[iii] Reproducido en El Auseva, Cangas de Onís, año XVII, núm. 853, 3 de agosto de 1907, p. 2.

[iv] Como él mismo dice en la explicación y motivos de su libro España y Puerto Rico : 18201930, San Juan de Puerto Rico, Tip. Cantero, Fernández & Co., 1930, p. 5.

[v] Blanco Fernández, Antonio, Memorias de un indiano, San Juan de Puerto Rico, Tip. Cantero, Fernández & Co., 1922, pp. 44-48.

[vi] “Reportero de El Buscapié”, en Blanco Fernández, España y Puerto Rico, pp. 21-22.

[vii] Blanco Fernández, España y Puerto Rico, p. 5.

[viii] “El señor Antonio Blanco Fernández, comerciante de esta plaza, se proponer abrir en breve un salón café en la calle de Tetuán número 43, contiguo a su acreditada fábrica de licores.” Vid. University of Florida Digital Collections(en adelante UFDC), La Democracia, San Juan de Puerto Rico, año XVIII, núm. 4.875, 18 de diciembre de 1907, p. 3.

[ix] “Paisano ilustre | Por haber sido reelegido Presidente del Centro de Detallistas de San Juan, Puerto Rico, nuestro queridísimo y distinguido paisano D. Antonio Blanco Fernández, que bien conocen nuestros lectores por sus escritos y ser natural del pueblo de Narciandi, de este Concejo, El Diario del Comercio, y las revistas ilustradas puertorriqueñas El Delta y Vida Alegre, y otros periódicos que no recibimos, publican en lugar preferente el retrato del ilustre compatriota con frases laudatorias dedicadas a su talento y laboriosidad. | Paisanos como el Sr. Blanco Fernández honran al pueblo que le vio nacer. | Reciba tan queridísimo amigo, nuestra más entusiasta y sincera enhorabuena.” El Auseva, Cangas de Onís, año XXI, núm. 1.037, 11 de febrero de 1911, pp. 2-3. No he podido confirmar que fuese presidente de dicho centro.

[x] Íd., año XIX, núm. 941, 10 de abril de 1909, p. 2. Al constituirse la sociedad fue disuelta la antecesora del mismo nombre, sustituyendo Antonio Blanco Fernández a Mariano Arrasate como socio gestor.

[xi] María de la Concepción Fernández del Llano, hija de los riosellanos Francisco Fernández Juncos y Marina del Llano Suárez, nació en Puerto Rico hacia 1883 y falleció en la misma isla en 1926 a los 43 años de edad. “Una boda | Han contraído matrimonio católico en esta ciudad, la distinguida señorita María Fernández Llano y el conocido joven, del comercio de esta ciudad Sr. Antonio Blanco Fernández. Fueron padrinos el Sr. Manuel Fernández Juncos pariente de la desposada y la distinguida señora Ángela Caldas de Miró, efectuándose la boda en familia y siendo muy obsequiados todos los concurrentes. El Sr. Blanco Fernández es también conocido por sus trabajos literarios y merece general estimación en la ciudad. La contrayente es una culta, virtuosa y bella joven de gran valer. Nuestra felicitación a los venturosos cónyuges.” Vid. UFDC, La Correspondencia de Puerto Rico, San Juan de Puerto Rico, año XIX, núm. 6.598, 27 de marzo de 1909, p. 3.

[xii] Nacida en San Juan de Puerto Rico el 25 de mayo de 1911 y fallecida en la misma ciudad el 28 de octubre de 2001. Estuvo casada con Ramón Soltero Gelabert, con quien tuvo dos hijos Ramón e Ivonne. https://www.findagrave.com/memorial/172708701/josefina-soltero.

[xiii] Falleció en San Juan de Puerto Rico el 4 de diciembre de 1906. Vid. UFDC, La Correspondencia de Puerto Rico, San Juan de Puerto Rico, año XVII, núm. 5.786, 4 de diciembre de 1906, p. 2. Hacía poco tiempo que había contraído matrimonio con Antonio Blanco Fernández, que en el mencionado artículo titulado “¡Hogar…!”, alude a su fallecimiento: “En la querida islilla del cordero, que descubrió el insigne genovés, tras rudo batallar por un sagrado ideal, que hoy me llena de legítimo orgullo y de amarga tristeza, formé mi hogar, nido de amor bendito, ensueño de mis años juveniles; ideal encantador de tanto tiempo, con una privilegiada criolla que honraba a su país con sus virtudes y que me hacía el hombre más feliz de la tierra, con su dulce cariño; cariño y dulzura incomparable de las mujeres borinqueñas que todo son ternura… Y la muerte troncha también aquella nueva ilusión, ya convertida en realidad a fuerza de ímprobos trabajos y desvelos, cuando aún no había empezado bien a saborear las delicias de aquella nueva vida”. Vid. nota 3.

[xiv] Vid. Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España, Boletín Oficial del Grande Oriente Español, Madrid, año XVII, núm. 212, 24 de diciembre de 1909, pp. 206-207.

[xv] Íd., año XIX, núm. 233, 27 de septiembre de 1911, p. 168; núm. 226, 25 de febrero de 1911, p. 24; y núm. 227, 25 de marzo de 1911, p. 38.

[xvi] Publicado en La República Española y reproducido en Blanco Fernández, Memorias de un indiano, p. 23.

[xvii] Vid. UFDC, La Correspondencia de Puerto Rico, San Juan de Puerto Rico, año XVIII, núm. 6.411, 6 de septiembre de 1908, p. 1.

[xviii] Blanco Fernández, España y Puerto Rico, p. 5.

[xix] Drew Carrel, M., Register of Porto Rico for 1911,San Juan P. R., Bureau of Supplies, Printing, and Transportation, 1912, p. 214.

[xx] Real, Cristóbal & Blanco Fernández, Antonio, Del Certamen, San Juan de Puerto Rico, Tip. Heraldo Español, 1908.

[xxi] Carreras, Carlos N., Florilegio de cuentos puertorriqueños, San Juan de Puerto Rico, Puerto Rico Ilustrado, 1924. Vid. Jiménez del Campo, Paloma, “Ensayo panorámico sobre cuentistas y libros de cuentos puertorriqueños en el siglo XX”, en Inti: Revista de literatura hispánica, Vol. 1, núm. 81, art. 12, 2015. http://digitalcommons.providence.edu/inti/vol1/iss81/12

[xxii] Plumas amigas : compilación de trabajos en prosa y verso de miembros de la Sociedad de Escritores y Artistas de Puerto Rico, San Juan de Puerto Rico, Tip. Cantero, Fernández & Co., 1912.

[xxiii] Vid. UFDC, El Mundo, San Juan de Puerto Rico, año XIX, núm. 6.998, 18 de diciembre de 1937, p. 12.

[xiv] El Popular, Cangas de Onís, año XIII, núm. 606, 29 de diciembre de 1932, pp. 1-2.

[xxv] El agente de emigración pudiera ser la sociedad Junco y Ruisánchez, propietaria del establecimiento La Moda, que no estaba en la calle San Pelayo sino en el Mercado.

[xxvi] En el artículo publicado por El Auseva aparece escrita de manera literal la palabra “Liévana”, pero esto no deja de ser una incongruencia si ponemos en relación este topónimo con los demás mencionados. Me inclino a pensar en un lapsus del autor o, más probable, en un error de transcripción del artículo.

[xxvii] El Auseva, Cangas de Onís, año XX, núm. 1.008, 23 de julio de 1910, pp. 1-2. Relato fechado en Puerto Rico el 5 de junio de 1910.

[xxviii] Blanco Fernández, Memorias de un indiano, pp. 11-16. Cuento dedicado a su hija Josefina.